El Diario Montañés, 4 de marzo de 2026
Entre laberintos, columpios gigantescos, tirolinas, ventanas panorámicas, teleféricos y miradores, nuestro parque temático regional va tomando cuerpo. A este paso, Cantabria se convertirá muy pronto en el Port Aventura de la bahía, en el Disney de los montes, en el Puy du Fou de las vistas al vértigo.
Hace
muchos años que un agustino castellano me comentó que en Santander no teníamos más
monumentos que la bahía y su entorno, posiblemente porque el incendio se llevó
por delante la puebla vieja. Y parece que los responsables de la promoción
regional le hubieran escuchado, pues cualquier edificio capitalino que se
precie debe rematarse con una terraza panorámica con vistas a la bahía. Hemos
caído de lleno en la fiebre de las alturas y el espectáculo paisajístico,
aferrados a nuestro «marco incomparable».
Como
en nuestra región «la naturaleza es pródiga, teta abundante que en cada seto se
derrama», nuestros proyectos de expansión se inclinan también a mostrársela al
turismo. Eso es algo que no está mal en sí, pero no se debería abandonar otras
iniciativas que contribuyesen a fortalecer los cimientos de la economía autonómica.
Las bellezas de nuestro territorio son envidiables, de acuerdo, pero solemos
presumir en exceso de su exclusividad –el papanatismo se cura viajando– y
pretendemos ponerlas al alcance de todo el mundo, aunque para ello debamos mancillar
su excelencia, como si la única forma de apreciarlas fuese elevándose en un
teleférico, colgándose en una tirolina o asomándose a un balcón suspendido:
hormigón, al fin y al cabo, sembrado en terreno natural.
Observar
el horizonte no es perjudicial si además se tiene amplitud de miras y se contempla
a un tiempo la tierra firme, porque en ocasiones también resulta productivo fijarse
en el suelo y proyectar en él otras acciones que permitan no depender siempre
de sectores estacionalmente inciertos.
