El Diario Montañés, 28 de octubre de 2026
La Ley
General de Educación de Villar Palasí se convirtió, en 1970, en la que muchos
consideran la «más ambiciosa del franquismo». Yo había estudiado siempre en una
escuela unitaria mixta, y gracias a esa ley pude seguir haciéndolo durante el
Bachillerato en el instituto de Camargo, de nueva creación.
Pero
hete aquí que, como en nuestro país siempre ha habido más papistas que el papa y
más franquistas que Franco, la directora del nuevo centro, predecesora en el
tiempo del padre Calvo –«¡Lo que yo he unido en la Tierra, no lo separa ni Dios
en el Cielo!»–, permitió el primer año tal coexistencia de sexos, pero el
segundo, por decisión personal, nos segregó. El instituto era mixto «por
imperativo legal», pero ella, burlando la normativa, separó los sexos en aulas
diferentes. «Juntos en el edificio, pero no revueltos en la misma clase»,
presumía de su iniciativa reaccionaria.
Eran
tiempos de tímida apertura, con profesores de pensamientos muy distintos. Los
más jóvenes, recién incorporados a la educación, transmitían ideas más avanzadas
–«yo friego la vajilla y ayudo a mi mujer en todas las tareas de la casa», nos
decía el de Filosofía, «no creo que por eso me podáis considerar menos hombre»–.
Sin embargo, eran mayoría los que seguían desarrollando su labor pedagógica
bajo los rígidos dogmas disciplinarios del franquismo, como el profesor de
Formación del Espíritu Nacional –de cuyo nombre y apellidos rimbombantes prefiero
no acordarme– que nos obligó a arrancar una página del libro porque en ella aparecían
Alberti, Picasso y Buñuel: «esos no son españoles de verdad; son unos traidores
a la patria», nos indicaba con saña.
Era
el año 1971. Afortunadamente se impuso entonces la evolución social.
Mucho
me temo que ahora no sucederá lo mismo. De hecho, comienza a presentirse cierta
involución.






