El Diario Montañés, 1 de julio de 2026
Sin
excesivas deliberaciones, Cantabria ha decidido que para satisfacer a la
gallina turística de los huevos de oro lo mejor para sus intereses era no tocárselos
y dejar las cosas como están. De ese modo –aun sin AVE– las aves turísticas seguirán
viniendo en bandada a nuestra región, porque al no haber tasas podrán cacarear
a su libre albedrío sin que sintamos la espada de Damocles de la huida a otros lugares
más propicios. Aquí encontrarán su mejor aseladero, al asubio de los calores
mesetarios, gozando de algunas noches en las que incluso pueda ser necesaria una
rebeca.
Es
posible, no se puede negar, que con tanta masificación se resientan algunos
servicios básicos. Acaso la sanidad, la recogida de basuras o incluso el
suministro del agua peligren y se deba recurrir a restricciones muy puntuales. Pero
la constante acusación de los zurdos de pensamiento de que el crecimiento
imparable de los alojamientos turísticos reduce la oferta residencial, infla
los precios de los alquileres y expulsa a los vecinos, es un pensamiento
apocalíptico muy alejado de la realidad. No admiten la evidencia de que el
turismo es conveniente para todos.
Sin
ir más lejos, se me ocurre el ejemplo de las cabañas pasiegas. Gracias a la
ocupación turística han evitado una desaparición cierta, aunque esos mismos
zocatos intelectuales protesten con la letanía de que han perdido su esencia para
convertirse en acristalados apartamentos de lujo que agotan los manantiales, a
los que se conectan para conseguir el preciado bien del agua. Otra siniestra excusa.
La
realidad es que con el previsto récord de ocupación de este verano, Cantabria
va a recibir una lluvia turística de prosperidad, aunque pueda padecer daños
colaterales menores por los que nunca deberíamos cortar las alas a la gallina
de los huevos de oro.
Entiéndaseme
la ironía.






