El Diario Montañés, 26 de agosto de 2026
Si
no me lo hubiera relatado una persona fiable, la historia, por rocambolesca, resultaría
difícil de creer. Pongámonos en situación: aparcamiento de un supermercado; un
padre, con un niño de unos cuatro años en brazos, dirigiéndose al coche para
salir hacia casa tras realizar las compras; la negativa enrabietada del pequeño,
que no quiere viajar en el asiento trasero, reservado para los de su edad; el
padre intentando razonar con el niño, «Luisito –digamos que se llamaba así–
tienes que ir sentado en tu sillita. Es muy peligroso no hacerlo porque si papi
frena te puedes lastimar. Fíjate qué disgusto nos darías a mami y a mí». El crío,
que sigue negándose, «no quiero, no quiero y no quiero», añade al llanto un
pataleo incontrolable. Al padre se le complica la situación. No puede sentar al
niño ni colocar la compra en el maletero.
En
condiciones normales, la historia que me contaba esa persona de total confianza
debería haber terminado aquí, pues ella, que había aparcado para comprar en el
supermercado, abandonó la escena para hacerlo. Sería lógico que cuando saliera,
padre e hijo hubiesen marchado ya. Pero no. Se topó con una situación aún más estrambótica
que la de la llegada: papi había llamado a mami para que con una videollamada
convenciera a Luisito de la conveniencia de colocarse «como te dice papi; anda,
bonito, que cuando llegues a casa mami te va a dejar jugar todo lo que quieras
con el teléfono, como a ti te gusta». Pero Luisito no daba el brazo a torcer y continuaba,
erre que erre, negándose.
Mi
confidente abandonó el aparcamiento sin saber cómo terminó todo.
Sospecho
que, de seguir así, ya de mayor, y para evitar tales arrebatos, mami y papi podrían
prometerle a Luisito cualquier coche deportivo de alta gama.






