Es
evidente que el cambio climático llegó hace tiempo, aunque algunos lo nieguen.
Como otros niegan la caída de las ventas del libro achacándola al calor
riguroso o a los chaparrones explosivos que sufrimos durante estos meses de
proliferación de ferias. Ambas actitudes negacionistas carecen de sentido. El
calor extremo lo sufrimos con demasiada asiduidad, y los estudios científicos
confirman con precisión las anomalías térmicas. Las ventas del libro, a su vez,
decaen con preocupante constancia: la pasada Feria del Libro de Madrid ha
tenido «menos visitantes y menos ingresos» que en anteriores ediciones, aunque
se intenten maquillar los datos culpando al clima, al horario o incluso al
Papa. Se necesita una investigación sólida que analice los hábitos lectores y
los relacione con los planes de estudios, el ocio, las condiciones sociales,
los intereses culturales… porque la realidad constata que las generaciones
jóvenes apenas recogen el testigo lector.
Sea
como fuere, el Gremio de Editores de Cantabria, tras los bajonazos de facturación
en Castro Urdiales, Torrelavega y Madrid, y los estrenos tibios de Valladolid y
Gijón, regresa esta semana a Felisa, la Feria del Libro de Santander, con
ilusión renovada pero con la mosca detrás de la oreja. Por falta de espacio, su
caseta –junto con las de otros tres expositores– ha quedado situada en las afueras
del recinto central, una especie de alfoz –hermosa palabra– del núcleo de los
libreros.
Allí
estaremos, vecinos a la caseta del Ministerio de Defensa que, aunque no utiliza
el canal librero para vender sus publicaciones (en su catálogo he podido
comprobar que buena parte las regala en formato PDF y otras las imprime bajo
demanda), ha conseguido abrirse un hueco en Felisa.
Esperemos
que las protestas previstas por su presencia no acaben convirtiéndose en otro
pretexto para justificar nuestra posible caída de ventas.






