Poco
antes de mi primera comunión –cosas de niño– estaba obsesionado por resolver el
misterio de la Santísima Trinidad. Y eso que don Julio Calva, el maestro, nos
había relatado una y mil veces la historia de san Agustín. Ya sabéis, aquella
en la que el santo, que paseaba por la playa meditando sobre el enigma, se
encontraba con un niño que intentaba vaciar el mar, con un pequeño caldero,
dentro de un hueco que había cavado en la arena. Cuando el de Hipona le dijo
que tal cosa era imposible, el niño –que resultó ser un ángel– le respondió que
más imposible aún era intentar descifrar el misterio de la Santísima Trinidad.
Pero,
mira por dónde, el papa León XIV casi ha resuelto el asunto. Si no el de la
Trinidad, al menos el de la dualidad. En su viaje a España, cuando los
periodistas le preguntaron cuál era su equipo favorito, si el Madrid o el
Barcelona (es mejor que no juzguemos el nivel de la pregunta), respondió: «El
Papa es de todos los equipos, pero Prevost es del Real Madrid».
Más
claro, el agua. Dos personas en una, y un solo Papa verdadero.
Cuando
conocí su preferencia me vinieron a la memoria los colores del uniforme de la
Guardia Suiza Pontificia, tan parecidos a los del Barça. E imaginé a Prevost
despertando a medianoche, sobresaltado por una pesadilla en la que los mozos de
su propia guardia derribaban las puertas de los aposentos papales para cantarle
al oído aquello de: ‘tot el camp / és un clam / som la gent blaugrana’. En ese
momento, el papa León XIV se enfadaría, sin duda, pues con los problemas que
asolan al mundo le parecería poco apropiada la actitud de su otro yo.
Y
suerte que no son trinidad.






