El Diario Montañés, 25 de marzo de 2026
Cuando
se comparte habitación en los hospitales, es habitual que surja un lazo de
amistad entre los enfermos. Quizá evanescente, sí, porque, salvo en casos
excepcionales, al recibir el alta médica el contacto suele desaparecer. Pero durante
esa convivencia forzosa –una vez alcanzado el acuerdo sobre si encender o no la
televisión–, la enfermedad une mucho y facilita conversaciones bien diferentes de
las socorridas de los ascensores, en las que recurrimos al tiempo para superar
silencios incómodos. En las habitaciones hospitalarias se charla de lo divino y
de lo humano. Roncar junto a otra persona une mucho, y ver, o que te vean, el culo
por las aberturas de los pijamas hospitalarios, diseñados para que médicos y
enfermeros tengan acceso fácil a zonas que de otro modo resultarían poco
asequibles, también contribuye lo suyo.
Nunca
olvidaré que en una de mis estancias forzosas en Valdecilla coincidí con
Eladio, un hombre sencillo, profundo admirador de Chuk Norris (quizás la muerte
del actor haya traído a mi mente esta remembranza). «Muchacho: quiero que
sepas, antes de nada –me dijo en cuanto entré a la habitación–, que no soy
maleducado, pero no puedo retener los pedos, porque si lo hago los gases se me
estancan en la tripa y me producen unos retortijones dolorosísimos». Entonces
padecí mi primera gran noche, pródiga en tormenta y perfume barato, pues su
mujer, cuidadosa ella, fumigaba cada trueno lanzando al aire un «flis flis» de
colonia.
Eladio,
ya lo he dicho, admiraba a Chuk Norris. «¡Qué bien actúa! ¡Qué gran artista!». No
quise llevarle la contraria, aunque a mí no me lo pareciera. Ni tampoco me
atreví a decirle que personalmente me gustaba más Robert Duvall, y que, como él,
prefería el olor del napalm por la mañana antes que el de sus fétidos gases.






