martes, 7 de julio de 2026

¿QUÉ TIENE FELISA? (8 de julio de 2026)

 

El Diario Montañés, 8 de julio de 2026

Llevo años manteniendo que los índices de lectura flojean y que las nuevas generaciones no recogen el testigo lector con entusiasmo. Las ventas a la baja en las ferias del libro ratifican mi pensamiento –precisamente, esa ha sido una de las causas de la destitución de Eva Orúe, directora de la feria de Madrid–. Sin embargo, Felisa está decidida a contradecirme, como si tuviera un resorte que la lanza hacia arriba mientras las demás se desploman.

La feria del libro de Santander se ha convertido en un pequeño milagro que durante diez días transforma la Plaza Porticada –espacio alzado del suelo sobre las cenizas del incendio y reconstruido con frío estilo neoclásico– en Plaza de la Palabra. Un lugar donde la ideología de posguerra pretendió perpetuar en construcciones con piedra otra larga noche de piedra, y que paradójicamente se desborda de libertad, diversidad y diálogo.

El equipo de La Vorágine lleva años insuflándole a Felisa un aire propio que aclara pulmones y devuelve a la ciudadanía la sensación de que el espacio público, además de para presentar libros, sirve para convivir. La gente responde con su presencia y, esa es otra, con compras.

Esta edición traía la controversia incorporada, pero Felisa, lejos de salir herida, ha salido reforzada en el sentido que señala el psicólogo Ed Tronick, cuando sostiene que el conflicto es esencial para el crecimiento personal.

Confieso que mantengo las mismas certezas negativas con respecto al futuro lector, pero esta feria enciende una tenue luz de esperanza. Desconozco si es un oasis pasajero o un retoñar de las hojas de los libros en un intento de reverdecer los índices de lectura. Poco importa. Prefiero instalarme en la fértil certidumbre de que en esta ocasión la calidez de la literatura le ha ganado la partida al desafecto lector.

martes, 30 de junio de 2026

NO ES TURISMOFOBIA (1 de julio de 2026)

 

El Diario Montañés, 1 de julio de 2026

Sin excesivas deliberaciones, Cantabria ha decidido que para satisfacer a la gallina turística de los huevos de oro lo mejor para sus intereses era no tocárselos y dejar las cosas como están. De ese modo –aun sin AVE– las aves turísticas seguirán viniendo en bandada a nuestra región, porque al no haber tasas podrán cacarear a su libre albedrío sin que sintamos la espada de Damocles de la huida a otros lugares más propicios. Aquí encontrarán su mejor aseladero, al asubio de los calores mesetarios, gozando de algunas noches en las que incluso pueda ser necesaria una rebeca.

Es posible, no se puede negar, que con tanta masificación se resientan algunos servicios básicos. Acaso la sanidad, la recogida de basuras o incluso el suministro del agua peligren y se deba recurrir a restricciones muy puntuales. Pero la constante acusación de los zurdos de pensamiento de que el crecimiento imparable de los alojamientos turísticos reduce la oferta residencial, infla los precios de los alquileres y expulsa a los vecinos, es un pensamiento apocalíptico muy alejado de la realidad. No admiten la evidencia de que el turismo es conveniente para todos.

Sin ir más lejos, se me ocurre el ejemplo de las cabañas pasiegas. Gracias a la ocupación turística han evitado una desaparición cierta, aunque esos mismos zocatos intelectuales protesten con la letanía de que han perdido su esencia para convertirse en acristalados apartamentos de lujo que agotan los manantiales, a los que se conectan para conseguir el preciado bien del agua. Otra siniestra excusa.

La realidad es que con el previsto récord de ocupación de este verano, Cantabria va a recibir una lluvia turística de prosperidad, aunque pueda padecer daños colaterales menores por los que nunca deberíamos cortar las alas a la gallina de los huevos de oro.

Entiéndaseme la ironía.

martes, 23 de junio de 2026

EN EL ALFOZ (24 de junio de 2026)

 


El Diario Montañés, 24 de junio de 2026 (fotografía María Toca Cañedo)

Es evidente que el cambio climático llegó hace tiempo, aunque algunos lo nieguen. Como otros niegan la caída de las ventas del libro achacándola al calor riguroso o a los chaparrones explosivos que sufrimos durante estos meses de proliferación de ferias. Ambas actitudes negacionistas carecen de sentido. El calor extremo lo sufrimos con demasiada asiduidad, y los estudios científicos confirman con precisión las anomalías térmicas. Las ventas del libro, a su vez, decaen con preocupante constancia: la pasada Feria del Libro de Madrid ha tenido «menos visitantes y menos ingresos» que en anteriores ediciones, aunque se intenten maquillar los datos culpando al clima, al horario o incluso al Papa. Se necesita una investigación sólida que analice los hábitos lectores y los relacione con los planes de estudios, el ocio, las condiciones sociales, los intereses culturales… porque la realidad constata que las generaciones jóvenes apenas recogen el testigo lector.

Sea como fuere, el Gremio de Editores de Cantabria, tras los bajonazos de facturación en Castro Urdiales, Torrelavega y Madrid, y los estrenos tibios de Valladolid y Gijón, regresa esta semana a Felisa, la Feria del Libro de Santander, con ilusión renovada pero con la mosca detrás de la oreja. Por falta de espacio, su caseta –junto con las de otros tres expositores– ha quedado situada en las afueras del recinto central, una especie de alfoz –hermosa palabra– del núcleo de los libreros.

Allí estaremos, vecinos a la caseta del Ministerio de Defensa que, aunque no utiliza el canal librero para vender sus publicaciones (en su catálogo he podido comprobar que buena parte las regala en formato PDF y otras las imprime bajo demanda), ha conseguido abrirse un hueco en Felisa.

Esperemos que las protestas previstas por su presencia no acaben convirtiéndose en otro pretexto para justificar nuestra posible caída de ventas.

 

martes, 16 de junio de 2026

ARREPENTIMIENTO INVOLUTIVO (17 de junio de 2026)

 

El Diario Montañés, 17 de junio de 2026

Compruebo, no sin cierta preocupación, que, aunque descreído, recurro en muchos de mis artículos a referencias religiosas. Se debe, sin duda, a las enseñanzas cristianas que regaron las raíces de nuestra infancia. Hoy reincido y comienzo con el ejemplo de Pablo de Tarso. Según cuenta el ‘Nuevo Testamento’, Pablo (Saulo) fue un sañudo perseguidor de los primeros cristianos, a los que apresaba o mataba directamente sin ningún miramiento. Menos mal para ellos que se convirtió, camino de Damasco, cuando, ante la aparición de Jesús, cayó a un tiempo del caballo y de sus convicciones, y acabó siendo el «apóstol de los gentiles». Actitudes de este tipo las considero como arrepentimientos evolutivos.

¿Y cuáles serían, entonces, los arrepentimientos involutivos? Diría que son los que llevan a cambiar a alguien hacia una postura radicalmente distinta, pero peor de la que tenía. Pongamos por caso que una persona siempre «ha trabajado con individuos de todos los orígenes y sin tener en cuenta su nacionalidad», que ha creado, incluso, alguna asociación para protegerlos, pero que ahora, de la noche a la mañana –antes que por una caída del caballo, quizá por querer seguir encaramada en el machito político–, reniega de aquellas ideas porque piensa que «nuestros barrios no pueden ser destinos de la inseguridad» que viene de la mano de aquellos a los que antes protegía.

Ese tipo de virajes, más que conversiones espontáneas, parecen un frío cálculo de costes y beneficios. Y uno no sabe qué es más preocupante, si la facilidad con la que algunos cambian de principios o la tranquilidad con la que esperan que los demás olviden tales vaivenes. Al final, tanto en Damasco como en nuestros barrios, no es tan difícil caer del caballo como los contorsionismos de inmoralidad que hay que realizar para no bajarse de él.

martes, 9 de junio de 2026

DUALIDAD (10 de junio de 2026)

 


El Diario Montañés, 10 de junio de 2026

Poco antes de mi primera comunión –cosas de niño– estaba obsesionado por resolver el misterio de la Santísima Trinidad. Y eso que don Julio Calva, el maestro, nos había relatado una y mil veces la historia de san Agustín. Ya sabéis, aquella en la que el santo, que paseaba por la playa meditando sobre el enigma, se encontraba con un niño que intentaba vaciar el mar, con un pequeño caldero, dentro de un hueco que había cavado en la arena. Cuando el de Hipona le dijo que tal cosa era imposible, el niño –que resultó ser un ángel– le respondió que más imposible aún era intentar descifrar el misterio de la Santísima Trinidad.

Pero, mira por dónde, el papa León XIV casi ha resuelto el asunto. Si no el de la Trinidad, al menos el de la dualidad. En su viaje a España, cuando los periodistas le preguntaron cuál era su equipo favorito, si el Madrid o el Barcelona (es mejor que no juzguemos el nivel de la pregunta), respondió: «El Papa es de todos los equipos, pero Prevost es del Real Madrid».

Más claro, el agua. Dos personas en una, y un solo Papa verdadero.

Cuando conocí su preferencia me vinieron a la memoria los colores del uniforme de la Guardia Suiza Pontificia, tan parecidos a los del Barça. E imaginé a Prevost despertando a medianoche, sobresaltado por una pesadilla en la que los mozos de su propia guardia derribaban las puertas de los aposentos papales para cantarle al oído aquello de: ‘tot el camp / és un clam / som la gent blaugrana’. En ese momento, el papa León XIV se enfadaría, sin duda, pues con los problemas que asolan al mundo le parecería poco apropiada la actitud de su otro yo.

Y suerte que no son trinidad. 

martes, 2 de junio de 2026

TODO VALE (3 de junio de 2026)

 

El Diario Montañés, 3 de junio de 2026

En la medida de lo posible, cada vez que tengo un acto o un trabajo importante procuro controlarlo todo. Bien es cierto que con la edad es preciso redoblar las precauciones mínimas, porque con el paso del tiempo, además, voy perdiendo capacidades muy necesarias. Por eso hay situaciones que no alcanzo a comprender. Si ya me desquicio cuando, pongamos por caso, recibo un libro con algún defecto de encuadernación, aunque solo yo lo vea, podéis imaginar mi indignación si tengo que armar un mueble y falta alguna pieza de tornillería. Entonces lamento la erosión que han sufrido los controles de calidad, porque según parece resulta más barato repetir un producto mal acabado que contratar personal competente para su manufactura y posterior revisión.

Está sucediendo más de lo deseado, y no solo en cuestiones materiales sino –y esto es lo más preocupante– en lo moral y lo cívico. El problema solo suele exteriorizarse cuando el fallo alcanza repercusión mediática, pero hay una raíz más profunda que se alimenta de la chapuza, la dejadez y la ausencia de responsabilidad: es la idea tan extendida de que «todo vale», porque la excelencia parece un lujo innecesario. Y ahí está el mayor peligro, en una renuncia continua que puede terminar conformando nuestra esencia colectiva.

En el último desfile militar del pasado fin de semana en Vigo, la bandera nacional cayó del mástil cuando apenas había alcanzado la mitad de su recorrido, posiblemente porque alguien se olvidó de darle la última vuelta a un tornillo. Me pareció la metáfora perfecta para retratar un tiempo en el que tampoco solemos revisar nuestros actos con una última comprobación que sostenga lo que somos. Porque precisamente esa vuelta final puede ser decisiva para que no nos desplomemos como sociedad ante el vendaval de mediocridad que amenaza en lontananza.

martes, 26 de mayo de 2026

Y TÚ MÁS (27 de mayo de 2026)

 

El Diario Montañés, 27 de mayo de 2026

Ha estado rondando por mi cabeza –creo saber por qué– una anécdota que me refirió mi maestro Benito Madariaga, atribuida a Marcelino Menéndez Pelayo. Al parecer nuestro sabio gustaba presumir, tanto como refunfuñar, de lo mucho que llovía en Santander, porque tenía esa dicotomía tan nuestra. En cierta ocasión, con motivo de una conferencia, viajó a Bilbao. Aquella tarde el cielo se abrió en la capital vizcaína dando paso a un aguacero infernal. Su acompañante, conocedor de lo mucho que alardeaba Menéndez Pelayo de la lluvia santanderina, le dijo: «Esto sí que es llover, don Marcelino». A lo que él respondió con rapidez: «Pues menuda la que estará cayendo en Santander».

Dije al principio que creo haber descubierto por qué recordaba esa anécdota: el revuelo de Zapatero y sus asuntos presuntamente turbios está creando una tormenta política y mediática que trae una lluvia de acusaciones que nada tiene de fina, antes bien, con su violencia pretende calar hasta los huesos al presidente de entonces y salpicar al actual. Zapatero vive bajo la amenaza de unos nubarrones similares a los que, según el ‘Génesis’, utilizó Dios en el diluvio universal cuando «abrió el firmamento permitiendo que se liberara toda el agua que estaba atrapada sobre él».

Los más afines están parafraseando sin saberlo a don Marcelino: «Si en el PSOE pasa esto, si aquí llueve, en la derecha diluvia», dicen. La derecha, por su parte, ve en cada gota una confirmación de sus sospechas.

Personalmente no pretendo entrar en juicios; no es mi oficio. Aunque sospecho que unos tienen un paraguas más protector que otros y por eso siempre parecen secos. La lluvia, aunque caiga para todos, no a todos afecta de igual manera.

Me pregunto si escampará algún día o, por el contrario, estas borrascas son consustanciales al ejercicio político.