Vaya
por delante que por edad hace tiempo que puedo ser considerado un abuelo, pero continúo
sin serlo. Tal como está el panorama, mis hijos, que son quienes pueden variar la
situación, se lo siguen pensando seriamente. Porque, seamos sinceros, tener descendencia
en estos tiempos convulsos, además de aportar un plus de riesgo, parece una decisión
irresponsable. No hay más que analizar las circunstancias que rodean a nuestros
jóvenes –el problema del trabajo y la vivienda, entre otros–, para comprender
sus dudas. Además, la violenta perspectiva mundial es poco halagüeña.
Los
periodos de crisis nunca resultaron propicios para la natalidad, y desde 2008 vivimos
en dificultad permanente. La estadística lo corrobora: nuestro país en general
se está quedando sin bebés, y además el mayor foco de preocupación está situado
en el norte, donde «Cantabria lidera el desplome de la natalidad en la UE con
un 49%» desde aquel año crítico.
Aun
así, mantenía un optimismo testarudo, porque he visto cambiar el péndulo hacia
lados más favorables y, disipando las sombras, esperaba que brotaran yemas de
esperanza. Tenía la ilusión de que los míos apostaran por la paternidad y pudieran
experimentar las mismas sensaciones que nosotros cuando recibíamos las
zarandajas que preparaban en la escuela con mucha dedicación y no menor cariño:
collares y pulseras de fideos, figuritas de barro, marcos de palillos, corbatas
de papel… Cuando se lo comento me consideran trasnochado, porque el mundo ha
girado a mucha velocidad y en gran parte de los colegios ha desaparecido esa
costumbre. Ha mudado el concepto de familia y hay que evitar que los niños que
no viven dentro de un estilo clásico se sientan discriminados e incómodos.
Por
eso gran parte de los jóvenes seguirán celebrando mañana el 19 de marzo como
sujetos pacientes, en vez de como protagonistas.






