El Diario Montañés, 18 de febrero de 2026
Cuando
llegó al pueblo, sorprendió a todos por su actitud cercana. En el bar alternaba
como un parroquiano más. Contaba chistes, incluso de los más verdes, con la
misma naturalidad con que cantaba una tonada acodado en la barra. Era alto
directivo de un conocido banco, pero en el trato parecía ser uno más. Pagaba las
rondas con esplendidez. En el pueblo se miraba mucho lo de la tacañería, y él,
poco a poco, fue cimentando su fama de generoso. Dijo que había venido a vivir
entre nosotros y que pretendía edificar una casa en el mato; así llamábamos a
un bosquecillo que estaba situado en lo más alto del pueblo. La verdad es que
nos costaba comprender el porqué del lugar, aunque lo achacábamos a las rarezas
de las gentes capitalinas, que siempre suelen encapricharse de cosas que a
nosotros nos resultan extravagantes. Pasado el tiempo –quizás tuviera algo que
ver el hecho de que ya había terminado la casa– fue espaciando sus visitas al
bar. Poco después sucedió lo del cierre del «caminín», como llamábamos a un sendero
humilde, pero esencial, que unía el pueblo con el Mazo de la Hoz, tras pasar bajo
el arco de un avellanal que los usuarios habíamos ido formando, a modo de túnel
vegetal, antes de llegar al mato.
Se
cerró el «caminín». Y poco después se cegó el arco. Entonces perdimos la
posibilidad de atravesar el bosque, que quedaba definitivamente como uso privado
de aquel hombre que alternó en los bares para, según dijeron, comprar
voluntades, como compró la del alcalde pedáneo.
Y no
digo yo que estuviera mal… pero desde luego aquello no estuvo bien, porque no
hubo transparencia. Algunos consideramos entonces que fue una pérdida de lo
público. Y lo público, si se pierde, rara vez vuelve a recuperarse.






