El Diario Montañés, 15 de julio de 2026
La exaltación
patria se refuerza cuando nuestro país participa en un campeonato del mundo de
fútbol. En 2010 el orgullo de ser español alcanzó límites insospechados. Recuerdo
una entrevista televisiva, en aquellos tiempos del tiquitaca triunfal, en la
que un amigo, puro ardor patriótico, manifestaba: «Yo me la pondría». Fue su
contestación a una reportera que le preguntó si se atrevería a pasear vestido con
la camiseta de la selección española por la Gran Vía de Bilbao.
Años
más tarde, Mariano Rajoy, entonces presidente nacional, corroboraba con
particular verbo ozoriano que España era «una gran nación y los españoles muy
españoles y mucho españoles» (imposible redundancia más precisa). Quizá por ese
desparpajo lingüístico, ahora que ya no es presidente tiene una columna
periodística en la que comenta los partidos de la roja –denominación que le
gusta poco–, y sus reflexiones resultan inmensurables para quienes gozamos del
asombro literario. En la última escribió que Francia tiene una selección de
fútbol «de un altísimo nivel, eso sí, sin franceses», afirmación que pudo nacer
de un rincón de su cerebro donde el humo de los puros se deshilacha en
ocurrencias de otra época.
Sin pretenderlo,
anticipaba un fenómeno que, de proseguir el éxodo sanitario, puede
acrecentarse, porque algunos de nuestros médicos cruzan la frontera en busca de
estabilidad y de un buen sueldo, independiente de tantas peonadas, agotadoras
para ellos y muy peligrosas para los pacientes. Nuestro ex ha podido vislumbrar
una situación que en veinte años podría agravarse. Tan solo es necesario que
los hijos de nuestros médicos tengan la calidad futbolística suficiente para
ser seleccionados por Francia. Entonces sí, una selección «sin franceses», pero
con cántabros de segunda generación, podría levantar la Copa del Mundo.
Mientras,
aquí nos preguntaríamos qué es lo que hicimos mal para que se nos fueran.






