martes, 24 de marzo de 2026

HABITACIÓN DE HOSPITAL (25 de marzo de 2026)

 

El Diario Montañés, 25 de marzo de 2026

Cuando se comparte habitación en los hospitales, es habitual que surja un lazo de amistad entre los enfermos. Quizá evanescente, sí, porque, salvo en casos excepcionales, al recibir el alta médica el contacto suele desaparecer. Pero durante esa convivencia forzosa –una vez alcanzado el acuerdo sobre si encender o no la televisión–, la enfermedad une mucho y facilita conversaciones bien diferentes de las socorridas de los ascensores, en las que recurrimos al tiempo para superar silencios incómodos. En las habitaciones hospitalarias se charla de lo divino y de lo humano. Roncar junto a otra persona une mucho, y ver, o que te vean, el culo por las aberturas de los pijamas hospitalarios, diseñados para que médicos y enfermeros tengan acceso fácil a zonas que de otro modo resultarían poco asequibles, también contribuye lo suyo.

Nunca olvidaré que en una de mis estancias forzosas en Valdecilla coincidí con Eladio, un hombre sencillo, profundo admirador de Chuk Norris (quizás la muerte del actor haya traído a mi mente esta remembranza). «Muchacho: quiero que sepas, antes de nada –me dijo en cuanto entré a la habitación–, que no soy maleducado, pero no puedo retener los pedos, porque si lo hago los gases se me estancan en la tripa y me producen unos retortijones dolorosísimos». Entonces padecí mi primera gran noche, pródiga en tormenta y perfume barato, pues su mujer, cuidadosa ella, fumigaba cada trueno lanzando al aire un «flis flis» de colonia.

Eladio, ya lo he dicho, admiraba a Chuk Norris. «¡Qué bien actúa! ¡Qué gran artista!». No quise llevarle la contraria, aunque a mí no me lo pareciera. Ni tampoco me atreví a decirle que personalmente me gustaba más Robert Duvall, y que, como él, prefería el olor del napalm por la mañana antes que el de sus fétidos gases.

martes, 17 de marzo de 2026

EL DÍA DEL PADRE (18 de marzo de 2026)


 El Diario Montañés, 18 de marzo de 2026

Vaya por delante que por edad hace tiempo que puedo ser considerado un abuelo, pero continúo sin serlo. Tal como está el panorama, mis hijos, que son quienes pueden variar la situación, se lo siguen pensando seriamente. Porque, seamos sinceros, tener descendencia en estos tiempos convulsos, además de aportar un plus de riesgo, parece una decisión irresponsable. No hay más que analizar las circunstancias que rodean a nuestros jóvenes –el problema del trabajo y la vivienda, entre otros–, para comprender sus dudas. Además, la violenta perspectiva mundial es poco halagüeña.

Los periodos de crisis nunca resultaron propicios para la natalidad, y desde 2008 vivimos en dificultad permanente. La estadística lo corrobora: nuestro país en general se está quedando sin bebés, y además el mayor foco de preocupación está situado en el norte, donde «Cantabria lidera el desplome de la natalidad en la UE con un 49%» desde aquel año crítico.

Aun así, mantenía un optimismo testarudo, porque he visto cambiar el péndulo hacia lados más favorables y, disipando las sombras, esperaba que brotaran yemas de esperanza. Tenía la ilusión de que los míos apostaran por la paternidad y pudieran experimentar las mismas sensaciones que nosotros cuando recibíamos las zarandajas que preparaban en la escuela con mucha dedicación y no menor cariño: collares y pulseras de fideos, figuritas de barro, marcos de palillos, corbatas de papel… Cuando se lo comento me consideran trasnochado, porque el mundo ha girado a mucha velocidad y en gran parte de los colegios ha desaparecido esa costumbre. Ha mudado el concepto de familia y hay que evitar que los niños que no viven dentro de un estilo clásico se sientan discriminados e incómodos.

Por eso gran parte de los jóvenes seguirán celebrando mañana el 19 de marzo como sujetos pacientes, en vez de como protagonistas. 

martes, 10 de marzo de 2026

LOCOS GRUPALES (11 de marzo de 2026)

 

El Diario Montañés, 11 de marzo de 2026

Siendo niño el catecismo me enseñó que el buen cristiano debía santiguarse al levantarse de la cama, al salir de casa, al entrar en la iglesia –o al pasar delante de ella–, antes de comer, antes de cenar, ante la tentación o el peligro, para conjurarlos… De seguir esos preceptos al pie de la letra, la vida podría convertirse en un ejercicio persistente de brazos, desde la frente al pecho y desde el hombro izquierdo hasta el derecho. Tales exhibiciones públicas desaparecieron cuando nuestro país relajó su inicial exaltación del nacionalcatolicismo, que pretendía convertirnos en reserva espiritual, el Parque de Naturaleza Mística de Occidente. De aquella educación permanecen huellas. Sirva como ejemplo cuando algunos deportistas –no solamente españoles– se encomiendan a su dios con la señal de la cruz o elevando las manos hacia el cielo antes de las competiciones, pidiendo la victoria (dicen que ese gesto llevó a Johan Cruyff a descreer definitivamente, pues razonaba que en el caso de que existiera un dios justo, atendería la petición de todas las partes y los partidos de futbol terminarían impepinablemente en empate). Lo cierto es que el tic es una costumbre que no hace daño a nadie, ni a nadie debería ofender.

El peligro surge cuando algunos se consideran elegidos por Dios para salvar al mundo, como parece creerse Trump. La psiquiatría tiene un diagnóstico para lo que considera un desequilibrio mental: delirio mesiánico. Y a quienes refuerzan su descabellada idea de que es un enviado y rezan por él, no los denomina lameculos, sino locos grupales, «sujetos inmersos en un trastorno delirante compartido».

Si el mandatario pajizo continúa por esa senda, además de derrocar regímenes políticos, puede poner en peligro la jerarquía del papa, pues generará dudas sobre quién es el verdadero representante de Dios en la tierra.

martes, 3 de marzo de 2026

NO DEBEMOS MANCILLAR LA EXCELENCIA (3 de marzo de 2026)

 

El Diario Montañés, 4 de marzo de 2026

Entre laberintos, columpios gigantescos, tirolinas, ventanas panorámicas, teleféricos y miradores, nuestro parque temático regional va tomando cuerpo. A este paso, Cantabria se convertirá muy pronto en el Port Aventura de la bahía, en el Disney de los montes, en el Puy du Fou de las vistas al vértigo.

Hace muchos años que un agustino castellano me comentó que en Santander no teníamos más monumentos que la bahía y su entorno, posiblemente porque el incendio se llevó por delante la puebla vieja. Y parece que los responsables de la promoción regional le hubieran escuchado, pues cualquier edificio capitalino que se precie debe rematarse con una terraza panorámica con vistas a la bahía. Hemos caído de lleno en la fiebre de las alturas y el espectáculo paisajístico, aferrados a nuestro «marco incomparable».

Como en nuestra región «la naturaleza es pródiga, teta abundante que en cada seto se derrama», nuestros proyectos de expansión se inclinan también a mostrársela al turismo. Eso es algo que no está mal en sí, pero no se debería abandonar otras iniciativas que contribuyesen a fortalecer los cimientos de la economía autonómica. Las bellezas de nuestro territorio son envidiables, de acuerdo, pero solemos presumir en exceso de su exclusividad –el papanatismo se cura viajando– y pretendemos ponerlas al alcance de todo el mundo, aunque para ello debamos mancillar su excelencia, como si la única forma de apreciarlas fuese elevándose en un teleférico, colgándose en una tirolina o asomándose a un balcón suspendido: hormigón, al fin y al cabo, sembrado en terreno natural.

Observar el horizonte no es perjudicial si además se tiene amplitud de miras y se contempla a un tiempo la tierra firme, porque en ocasiones también resulta productivo fijarse en el suelo y proyectar en él otras acciones que permitan no depender siempre de sectores estacionalmente inciertos. 

martes, 24 de febrero de 2026

ENCONO, QUE NO DEBATE (25 de febrero de 2026)

 


El Diario Montañés, 25 de marzo de 2026


En verdad, vivimos en un país que, por polarizado, está en crispación constante. Eugenio lo expresó en un chiste en el que al saludo de «buenos días» de un ciudadano, otro le contestaba «pues mira que tú».

Las redes sociales no están teniendo el efecto educativo que se las suponía en un principio, porque muchos poderes han elegido el peligroso camino del bulo, el adoctrinamiento y los ataques personales para defender unos intereses interesados que crecen mejor sembrando en terrenos de ignorancia. Es paradójico que, teniendo toda la información del mundo a nuestro alcance, ahora seamos más vulnerables que nunca al engaño, quizás porque resulta más fácil manipular una emoción que debatir un dato. Y como quiera que, por un falso concepto de democratización, cualquiera puede manifestar sus opiniones, por dañinas que sean, nos vemos inmersos en un vecindario –aldea global– tan cotilla como agresivo. Basta con leer los juicios de algunas personas en los periódicos considerados serios –con los que recoge la prensa deportiva se podría elaborar una tesis sobre el odio partidista en el deporte (de la ortografía utilizada es mejor no hablar)– para darse cuenta de que hay gente que opina a diario, según parece, más que para mantener una idea, para derrotar las de los demás. Para más inri, lo hacen escondidos en seudónimos que preservan el anonimato. Qué fácil resulta tirar la piedra y esconder la mano. Lo que debería haber sido una oportunidad para el diálogo, suele convertirse en un asedio.

Hoy miércoles se abre un nuevo tiempo de encono, que no de debate. Se desclasifican algunos papeles del 23F, ¡45 años después!, y sus datos no se usarán para entender la historia, sino para convertirlos en armas arrojadizas. Será la hora estelar de políticos mediocres y francotiradores digitales. Arderán las redes. Al tiempo.


martes, 17 de febrero de 2026

UN ARCO ENTRE AVELLANOS (18 de febrero de 2026)

 

El Diario Montañés, 18 de febrero de 2026

Cuando llegó al pueblo, sorprendió a todos por su actitud cercana. En el bar alternaba como un parroquiano más. Contaba chistes, incluso de los más verdes, con la misma naturalidad con que cantaba una tonada acodado en la barra. Era alto directivo de un conocido banco, pero en el trato parecía ser uno más. Pagaba las rondas con esplendidez. En el pueblo se miraba mucho lo de la tacañería, y él, poco a poco, fue cimentando su fama de generoso. Dijo que había venido a vivir entre nosotros y que pretendía edificar una casa en el mato; así llamábamos a un bosquecillo que estaba situado en lo más alto del pueblo. La verdad es que nos costaba comprender el porqué del lugar, aunque lo achacábamos a las rarezas de las gentes capitalinas, que siempre suelen encapricharse de cosas que a nosotros nos resultan extravagantes. Pasado el tiempo –quizás tuviera algo que ver el hecho de que ya había terminado la casa– fue espaciando sus visitas al bar. Poco después sucedió lo del cierre del «caminín», como llamábamos a un sendero humilde, pero esencial, que unía el pueblo con el Mazo de la Hoz, tras pasar bajo el arco de un avellanal que los usuarios habíamos ido formando, a modo de túnel vegetal, antes de llegar al mato.

Se cerró el «caminín». Y poco después se cegó el arco. Entonces perdimos la posibilidad de atravesar el bosque, que quedaba definitivamente como uso privado de aquel hombre que alternó en los bares para, según dijeron, comprar voluntades, como compró la del alcalde pedáneo.

Y no digo yo que estuviera mal… pero desde luego aquello no estuvo bien, porque no hubo transparencia. Algunos consideramos entonces que fue una pérdida de lo público. Y lo público, si se pierde, rara vez vuelve a recuperarse.

lunes, 9 de febrero de 2026

VALDATA (11 de febrero de 2026)

 

El Diario Montañés, 11 de febrero de 2026

La llamada ‘Economía de Datos’ representa «un nuevo modelo económico en el que los datos se consideran un activo valioso». Todos hemos comprobado cómo nuestros movimientos por la red derivan hacia intereses comerciales; basta, por ejemplo, que miremos información sobre un mueble, para recibir al momento múltiples ofertas similares.  En España esa economía avanza hacia el 5% del PIB, es decir, 79.500 millones de euros, una cifra nada desdeñable.

Estos días está habiendo un debate muy sensible en Cantabria. El proyecto Cohorte Cantabria, que ha logrado reunir los datos biomédicos y biográficos de más de 50.000 ciudadanos con el objetivo de impulsar la Medicina de Precisión, ha visto tambalear su credibilidad. La sospecha de que los datos recogidos puedan ser vendidos al mejor postor ha sobrevolado el Parlamento y la prensa regionales. De hecho, el Instituto de Investigación Marqués de Valdecilla (IDIVAL) recibió en 2025 una subvención de 1,7 millones de euros para poner en marcha el proyecto VALDATA, cuya finalidad es «facilitar el uso secundario y la transferencia a mercado […] de los datos sanitarios para un conjunto de finalidades adicionales a la propia prestación sanitaria al usuario». Que además el programa se subtitule «Cantabria hacia una Economía de Datos en Salud», resulta inquietante.

Es evidente que realizar más de 50.000 analíticas tiene un coste enorme. Por eso, que exista un modelo de retorno económico no debería sorprendernos, ya que es algo habitual en proyectos científicos, que no pueden vivir tan solo del prestigio que proporcionan los artículos en publicaciones especializadas. El problema no es la existencia de ese retorno, sino la falta de transparencia. Necesitamos saber con claridad que su uso será solamente científico, que el anonimato estará garantizado y, sobre todo, que conoceremos quién se beneficiará de la explotación de esos datos.

Solo así la eventual venta resultará doblemente saludable.