martes, 5 de mayo de 2026

ESPERANZA LECTORA (6 de mayo de 2026)

 

El Diario Montañés, 6 de mayo de 2026

«¿Qué hacemos paseando por aquí, si no nos gusta leer?». Una adolescente, de unos trece años, se lo pregunta a dos compañeras de edad similar. Pasean por la Avenida de España, en Torrelavega y, acaso distraídas por las pantallas de sus móviles, no han reparado hasta ahora en las casetas que están instaladas a ambos lados del paseo con motivo de la feria del libro. Están asombradas, como si hubieran entrado en una exposición de productos ortopédicos, tan prescindibles para ellas como los libros.

Se diría que el vértigo de sus teléfonos las ha alejado definitivamente de la letra impresa en papel. De poco ha servido que algunos escritores hayan renunciado a la subordinación y se empeñen en expresarse con frases breves de respiración corta (escritores asmáticos, suelo denominarlos) para atraer lectores que asimilen ideas en papilla. Pero no lo han logrado. El libro es para ellos un artefacto arcaico que no tiene la inmediatez del pixel.

Son tres muchachas, espejo de otros jóvenes indiferentes a la lectura.

Como en toda feria del libro que se precie, asoma la lluvia para añadir un tono melancólico a la tarde. Entre risas y grititos de sobresalto, las chicas desaparecen.

«Qué llueva, que llueva, la virgen de la cueva…». La voz que canta es de una niña que tendrá sobre nueve años. Se detiene en nuestra caseta. «Quiero ver todos los libros y me compras el que más me guste», dice a su madre. Con ojos vivos repasa uno y otro con atención, hasta que elige el que considera mejor. «¿Cuánto es?», pregunta la madre. «Nada», contesto. «Permita que se lo regale a esta pequeña esperanza lectora». Sorprendida, se deshace en agradecimientos.

La niña reacciona abrazando el libro contra el pecho. Su expresión me hace sentir que no todo está perdido.

lunes, 27 de abril de 2026

DAÑOS COLATERALES (29 de abril de 2026)

 

El Diario Montañés, 29 de abril de 2026

Las consecuencias de la globalización son desconcertantes. El director de Karex, multinacional que produce uno de cada cinco preservativos del mundo, ha anunciado que la guerra de Irán, además de torpedear el tráfico del estrecho de Ormuz, está alcanzando la línea de flotación de sus productos de látex, de modo que si el paso sigue cerrado se verán obligados a encarecer su precio hasta en un 30%. Mira por dónde, el bloqueo bélico pone en jaque otros bloqueos mucho más higiénicos: el que impedía la natalidad no deseada y el de la barrera profiláctica que nos libraba de las dolencias de la carne. A este paso –me comentaba un amigo con mucha sorna–, los mozos tendrán que desandar lo andado y regresar a los métodos utilizados en la España de velo y sacristía. Volveremos al Ogino-Knaus o a ese ‘coitus interruptus’ que ya practicaba el bíblico Onán cuando derramaba su simiente fuera del «vaso idóneo». Métodos de una fiabilidad tan precaria que gran parte de mi quinta debe de ser hija de un mal cálculo en el calendario o de una retirada a destiempo.

En cualquier caso, quién nos iba a decir que el libre albedrío de los espermatozoides se decidiría en aguas de un estrecho. Si los datos se confirman, la inflación del caucho puede desinflar la pasión sexual y dejar el amor físico en una práctica capitidisminuida, más pendiente del gasto que del deseo.

Puede que mi amigo lleve razón y el personal acabe encomendándose al «ya si eso me retiro a tiempo», ruleta rusa con más incertidumbres que las veleidades de Donald Trump. Un personaje senil que, ante sus probables dificultades para hacer el amor, ha encauzado su testosterona hacia la guerra, con la absurda pretensión de que el Nobel de la Paz le pille combatiendo.

martes, 21 de abril de 2026

HAY QUE PROHIBIR LA LECTURA (22 de abril de 2026)

 

El Diario Montañés, 22 de abril de 2026

Confieso que acabo de tirar a la papelera el artículo que ya tenía escrito. Hablaba en él del Día del Libro y de todos los actos que se celebrarán mañana para ensalzarlo. Pero el reposo nocturno de la almohada me ha llevado a la conclusión de que, al igual que la paloma de Alberti, me equivocaba. Porque, aunque pueda parecer una butade, el libro y la lectura no precisan exaltaciones para sobrevivir con más fuerza, sino todo lo contrario: necesitan algún legislador valiente que, además de prohibir su desmedida producción, persiga con dureza a los lectores hasta convertirlos en prófugos.

La superproducción de novedades está creando monstruos que poco o nada tienen que ver con la buena literatura, con el único afán de crecer sobre el barro, sin orden, ni pies ni cabeza. Además, hay que perseguir al lector para que las generaciones nuevas vuelvan a sentir el placer de lo clandestino, como lo sintieron Eva y Adán cuando probaron la fruta que estaba prohibida en el Edén (una lástima que Dios los descubriera).

Una ley seca para la lectura facilitaría el nacimiento de conciliábulos que salvarían los mejores libros, aquellos cuyos mensajes enriquecedores deben permanecer en el tiempo, ajenos a modas. La prohibición desarrollaría filtros para quedarse con la literatura destilada, y desecharía los textos peligrosamente groseros hasta ofrecer al lector un líquido limpio, transparente, donde cada palabra ocupe su lugar preciso y forme frases con aroma original.

Porque cuando leer sea un acto perseguido, cuando haya que bajar persianas y hablar en susurros para saborear un texto, quizás sintamos de nuevo ese temblor primigenio que hoy se ha diluido entre tanta oferta vacía. Solo entonces, la lectura volverá a ser un acto de resistencia y no un gesto de consumo. Y podremos recuperar las esencias del libro verdadero.

 


martes, 14 de abril de 2026

YA ESTÁ AQUÍ (15 de abril de 2026)

 

 

El Diario Montañés, 15 de abril de 2026

María Jesús Casals, profesora de periodismo de la Universidad Complutense de Madrid, mantiene que «aparte de la brevedad, la característica exigible a las columnas periodísticas es y ha sido siempre su calidad literaria. Los recursos retóricos son variados, desde el humor al intimismo, desde la solemnidad al guiño fabulístico». No siempre lo consigo, pero mi pretensión es darle a este rincón una mínima calidad formal, aunque en ocasiones el fondo se me escurre como agua entre los dedos.

De este asunto hablaba con un grupo de amigos, mientras tomábamos un refrigerio en Castro Urdiales tras haberse clausurado la tercera edición de la feria del libro, organizada magníficamente por Coquis y David. «¿De qué podría escribir el miércoles?», preguntaba angustiado por la espada de Damocles del tiempo. De todos los consejos, el más atrevido fue de Esteban Ruiz: «Pídele a la IA que escriba tu artículo. Proponle un tema y verás por dónde sale. Hay profesionales que lo hacen».

Acepté su juego, pero solo en parte. Le he propuesto a Microsoft Copilot que remate, imitándome, el artículo que he compuesto hasta aquí. Esto me ha redactado:

«Al final, quizá Esteban tenga razón y este experimento no sea más que otro síntoma de los tiempos: delegamos lo que antes era íntimo, casi artesanal, en una maquinaria que escribe sin pestañear y que jamás se queda en blanco. Pero sigo pensando que, por muy afinada que esté la tecnología, ninguna inteligencia –ni artificial ni de la otra– puede sustituir ese temblor previo a la frase justa, ese vértigo que antecede al punto final. Tal vez ahí resida todavía nuestra pequeña victoria: en seguir intentándolo, aunque el reloj nos persiga».

¡Qué cabrona! ¡Cómo se sabe agazapar bajo mi estilo periodístico!

Sirva este «guiño fabulístico» como denuncia de un peligro que ya anida entre nosotros.

martes, 7 de abril de 2026

EDITOR DE SUEÑOS (8 de abril de 2026)


 El Diario Montañés, 8 de abril de 2026

En nuestra Cantabria Infinita –la que imaginó Marcano, consciente de la fuerza que tienen los nombres cuando se aplican a las ideas– conviven con naturalidad la cultura y el turismo; el paisaje y el paisanaje; la gastronomía y las costumbres, que no dejan de ser también cultura.

Pensaba en ello el pasado domingo, sumido en la hondura pasiega, mientras contemplaba al frente los montes imponentes y desnudos del Miera, Merilla arriba. Estaba en una cabaña que el ímpetu joven ha convertido en un lugar amable donde se catan quesos tradicionales bautizados con el nombre de quienes los elaboran –de nuevo, la importancia de nombrar–. Allí, las cosas siguen siendo como eran: aroma, color y sabor. Innovan la presencia, sí, pero respetan los tiempos del ‘lleldar’, que es fermentar.

Quizá por encontrarme cerca de la majestuosidad de Castro Valnera recordé el proyecto cultural que iniciamos hace ahora veinticinco años. Como el monte pasiego, pretendía mirar a Cantabria sin descuidar Castilla, a la espalda, y por extensión a España. Preservar lo tradicional, sobre todo en el continente: el mejor papel, los pliegos cosidos al hilo vegetal. Apostar por la innovación sin renunciar a lo esencial. Por eso, mientras el sol se retiraba, pensé que Cantabria sigue necesitando esa doble mirada: la que honra lo heredado y la que imagina lo que aún no existe. Y que la edición, como los quesos, también requiere tiempo, paciencia y manos que conozcan el oficio.

En su día, el propio Marcano –ay, gran amigo– me denominó «editor de sueños». Hermosa paradoja, si solo sueño cuando piso firme. Seguiremos defendiendo lo que permanece y alentando lo que empieza. Con la convicción de que los sueños bien encuadernados, como el queso bien ‘lleldado’, no se improvisan: se trabajan para que encuentren su espacio en el paisaje cultural.

lunes, 30 de marzo de 2026

ESPACIOS BALIZADOS (1 de abril de 2026)


 El Diario Montañés, 1 de abril de 2026

Se sabe por experiencia que las labores de mantenimiento, políticamente hablando, no resultan productivas. El glamur de las inauguraciones cuando se cortan las cintas, el calor del público, sus aplausos, la difusión en los medios… no se pueden comparar con las oscuras tareas de conservación. Esos momentos de paseos por una senda nueva, por un carril bici, por una zona ajardinada… ese goce que produce decirle al ciudadano que «hemos» recuperado algo para su uso y disfrute personal, no tienen precio –por eso resultaría prosaico hablar de sobrecostes en tales ocasiones–. Hay, incluso, quienes guardan, como valioso trofeo, las tijeras del acto y un trozo de cinta, que suele estar fabricada con telas de poliéster de alta calidad y habitualmente reproduce los colores de las banderas estatales, autonómicas y municipales. Cuantos más fragmentos colgados en la pared, cual divisas ganaderas, mayor mérito gestor. Todo eso lo inauguré yo, parecen querer decir.

En Cantabria, tras la tragedia de El Bocal, han cambiado las tornas, y las cintas también han variado su función. Se utilizan para cerrar –balizar, lo llaman– y advertir de los peligros que ha generado nuestra «muelle dejadez», corroyendo gran parte de aquello que antes inaugurábamos a bombo y platillo. Los materiales no son ya de poliéster de alta calidad, mucho menos de satén; ahora son de politeno, que así se llama técnicamente el plástico común, el de las bolsas de basura. Resultan muy económicas, se pueden personalizar y su función principal consiste en eximir a las administraciones de cualquier responsabilidad si algún inconsciente no las respeta y se atreve a traspasarlas.

Esta Semana Santa la región ofrece a los turistas un atractivo más: poder descubrir paso a paso nuestro particular viacrucis de espacios balizados. Sin coste añadido. Algo muy de agradecer en estos tiempos de galopante inflación.

martes, 24 de marzo de 2026

HABITACIÓN DE HOSPITAL (25 de marzo de 2026)

 

El Diario Montañés, 25 de marzo de 2026

Cuando se comparte habitación en los hospitales, es habitual que surja un lazo de amistad entre los enfermos. Quizá evanescente, sí, porque, salvo en casos excepcionales, al recibir el alta médica el contacto suele desaparecer. Pero durante esa convivencia forzosa –una vez alcanzado el acuerdo sobre si encender o no la televisión–, la enfermedad une mucho y facilita conversaciones bien diferentes de las socorridas de los ascensores, en las que recurrimos al tiempo para superar silencios incómodos. En las habitaciones hospitalarias se charla de lo divino y de lo humano. Roncar junto a otra persona une mucho, y ver, o que te vean, el culo por las aberturas de los pijamas hospitalarios, diseñados para que médicos y enfermeros tengan acceso fácil a zonas que de otro modo resultarían poco asequibles, también contribuye lo suyo.

Nunca olvidaré que en una de mis estancias forzosas en Valdecilla coincidí con Eladio, un hombre sencillo, profundo admirador de Chuk Norris (quizás la muerte del actor haya traído a mi mente esta remembranza). «Muchacho: quiero que sepas, antes de nada –me dijo en cuanto entré a la habitación–, que no soy maleducado, pero no puedo retener los pedos, porque si lo hago los gases se me estancan en la tripa y me producen unos retortijones dolorosísimos». Entonces padecí mi primera gran noche, pródiga en tormenta y perfume barato, pues su mujer, cuidadosa ella, fumigaba cada trueno lanzando al aire un «flis flis» de colonia.

Eladio, ya lo he dicho, admiraba a Chuk Norris. «¡Qué bien actúa! ¡Qué gran artista!». No quise llevarle la contraria, aunque a mí no me lo pareciera. Ni tampoco me atreví a decirle que personalmente me gustaba más Robert Duvall, y que, como él, prefería el olor del napalm por la mañana antes que el de sus fétidos gases.