El Diario Montañés, 20 de mayo de 2026
Trabajé
once años en Euskadi, cuando los años noventa apenas despuntaban y el
terrorismo golpeaba con angustiosa constancia. En aquel entonces, en los
corrillos hablábamos de fútbol, del tiempo o de asuntos intrascendentes. La
política era territorio minado y se evitaba con la misma prudencia con la que
se bordea un charco cuando se desconoce su profundidad.
Visité
en varias ocasiones alguna herriko taberna, supongo que por curiosidad. El
ambiente era denso, y las paredes, cubiertas de consignas, presos y patrias imaginarias,
parecían oprimirte. Los forasteros aprendíamos a mirar con disimulo, como si no
quisiéramos hacerlo. Distinto era el aire de los batzokis, donde el
nacionalismo exhibía el tranquilo esplendor de fotos históricas y maderas
talladas con lauburus. Allí me sentía y me sentaba con mayor tranquilidad. Pero
en ambos casos la sorpresa era improbable: las señales externas mostraban a las
claras cada ideología.
Años
después, sin embargo, resulta más difícil orientarse. Ya no en Euskadi, sino en
otros rincones del país donde la política se ha convertido en ingrediente oculto
de casi todos los platos. Sin ir más lejos, este fin de semana una camarera me
anunció con descaro, mientras recitaba el menú, que tenía unas «manos de
Sánchez» exquisitas. La miré con sorpresa y le dije que quizá no fuera buena
idea bromear de esa manera porque algún cliente podía sentirse incómodo. Su
respuesta fue contundente: «Lo digo porque es un auténtico cerdo». El local no
tenía símbolos, ni banderas, ni consignas. No era un batzoki, ni una herriko
taberna. Pero ella mostraba un reflejo fiel del momento de crispación que está atravesando
el país.
El
colmo llegó a los postres. Me dijo que había plátanos, manzanas y cerezas. Elegí,
anotó el pedido y se retiró canturreando.
Creí
distinguir, entre sus mosconeos, el célebre «me gusta la fruta».






