El Diario Montañés, 4 de febrero de 2026
He
contado en este mismo rincón que a los catorce años salí por vez primera al
extranjero. Mis tíos se habían asentado en Burdeos, allá por los años
cincuenta, tras descubrir en esa ciudad francesa el trabajo que aquí no
encontraban. Vivían en la zona antigua de la ciudad, la rue de La Fusterie,
calle humilde que compartíamos españoles, portugueses, marroquíes, senegaleses…
y ciudadanos franceses de bajo nivel económico.
Nunca
olvidaré aquel verano de 1971. Cuando salí a reconocer el entorno, una vecina
se asomó a la ventana de su cuarto piso y me chilló: «Espagnol, allez avec
Franco» (Español, vete con Franco). Desconozco cómo pudo descubrir que era
español, pero confieso que me sentí señalado por aquella frase cargada de un odio
incomprensible. Aquella señora, que quienes la conocían tildaban de loca, me
marcó con la incertidumbre de sentirme un elemento culpable de algo que yo no
tenía conciencia de haber realizado. No podía juzgar a toda Francia –país que
mostraba con orgullo el lema «Liberté, Égalité, Fraternité» como muestra de
defensa de la democracia, los derechos humanos y la soberanía popular– por la
actitud de quien representaba a unos pocos, pero, aunque estaba acompañado y
tutelado, me sentí un menor apuntado por la xenofobia.
No
están acompañados los menores que señalan en Cartes, como en tantos otros
lugares, convertidos en símbolo de una amenaza imaginaria, la misma que movió a
aquella vecina a convertirme a mí en representante de un régimen que ni
comprendía ni compartía. Entonces, su grito no hablaba de mí, sino que
manifestaba sus propios temores. Quizás como ahora, cuando algunos necesitan un
culpable fácil para explicar un mundo que les incomoda.
Los
gritos de hoy me han hecho recordar aquellos de Burdeos, tan injustos. Incapaces
de comprender al menor que habitaba detrás del prejuicio.






