En julio
y agosto abundan las noticias distendidas, típicas de un tiempo vacacional en
el que los becarios llenan las redacciones periodísticas con escritos de sorprendente
levedad. Pero este año, entre juicios, incendios, compraventa sospechosa de áticos,
invasiones fronterizas o asesinatos machistas, no las he encontrado con la
facilidad de antaño.
La
pasada semana, sin embargo, cayó en mis manos una de esas informaciones. Expertos
en la materia aseguraban que tirarse entre 12 y 25 pedos al día le viene bien
al pedorrero en cuestión. Tal beneficio añade un nuevo recuento a los ya
conocidos de los 10.000 pasos, los 8 vasos de agua, las horas recomendables de
sueño, y otras medidas necesarias para llevar una vida saludable.
Entonces
pensé que podría haber un contador de pedos, como hay de pasos. Y si averiguara
al mismo tiempo la calidad de su fragancia, miel sobre hojuelas, porque esos
mismos peritos dicen que cuando las ventosidades siempre son pestilentes es
señal de que algo está mal y podría asociarse a fibromialgia, colon irritable,
fatiga, depresión…, ya que parece que el desequilibrio de las bacterias intestinales
se refleja en los gases que producen. Moraleja: cuando algo empieza a oler mal afuera
es porque el interior ya no está bien.
He
leído el artículo al modo clásico, apoltronado en la taza del váter. Pero he
echado de menos algunas alusiones literarias, del tipo de la conocida anécdota
de Cela, quien, tras dejar escapar una ventosidad sonora, le dijo a una señora
que se encontraba junto a él: «No se preocupe, señora, ya diré que he sido yo».
O al ‘Poema al pedo’, atribuido a Quevedo.
Pese
a su banalidad, confieso que me sentí mejor leyendo esta invitación a peerse
que otras noticias que me impulsan, directamente, a cagarme en todo lo que se
menea.






