martes, 27 de enero de 2026

PENSAMIENTO INTERMITENTE (28 de enero de 2026)

 

El Diario Montañés, 28 de enero de 2026

Se está poniendo de moda el ayuno intermitente, que consiste en permanecer varias horas sin comer –generalmente dieciséis–, no solo para conseguir adelgazar sino también para que el cuerpo aproveche ese tiempo en depurar desechos interiores. Además –miel sobre hojuelas– resulta que se acaba de comprobar en laboratorio que los ratones, tanto machos como hembras, sometidos al ayuno «tuvieron significativamente más contactos sexuales que los que podían comer libremente, y su comportamiento de apareamiento compensaba con creces las limitaciones fisiológicas propias de la edad». O sea, que quienes practiquen esa privación alimentaria pueden verse recompensados de rebote, pese a los años, con una suerte de gula sexual. O al menos «ser más listos que el hambre».

Lo complicado es que, lector como soy de los estudios divulgativos que aparecen publicados en prensa, siento cierta incertidumbre. En uno de los últimos que cayó entre mis manos pude enterarme de que el sexo intermitente era muy recomendable, pues, además de mejorar el autocontrol, permitía «resetear» y luchar contra la inercia. Muy «sexudas» investigaciones (permítaseme la licencia para escribirlo así) de universidades prestigiosas, como la china de Hong Kong o la canadiense de Toronto Mississauga, sostenían en aquel artículo que «el nivel de felicidad» de las parejas que practicaban poco o ningún sexo –manteniendo incluso la abstinencia en periodos de ¡hasta cinco años!– era similar al de las parejas que lo hacían regularmente.

Leyendo tales estudios, uno empieza a sospechar que cierta divulgación científica se ha entregado con excesivo entusiasmo a la ligereza. Y ya se sabe que, cuando la ciencia se vuelve frívola, la frontera entre el dato y el disparate resulta demasiado sutil. De ahí a desconfiar en ella solo hay un paso. Para no darlo debemos mantener el espíritu crítico. Y no permitir que también nuestro pensamiento sea intermitente.

 

lunes, 19 de enero de 2026

CHATGPT SALUD (21 de enero de 2026)

 

El Diario Montañés, 21 de enero de 2026

Decía Estrabón en su ‘Geografía’, refiriéndose a los cántabros y a otros pueblos del norte, que «a los enfermos […] los exhiben en los caminos a fin de que les ofrezcan su consejo quienes ya han padecido la dolencia».

En este siglo XXI, las autopistas informáticas son las que unen la aldea global, y los consejos nos los ofrecerá, en los cruces virtuales de las conexiones tecnológicas, la Inteligencia Artificial con el ChatGPT Salud. Esta nueva aplicación, que se anuncia a bombo y platillo, ambiciona obtener muchos demandantes, ya que hay gente hastiada por los retrasos habituales en las consultas de salud pública. En contra tendrá a quienes desconfiamos del peligro que supone regalar nuestros datos médicos a una tecnología que vaya usted a saber cómo los empleará después, aunque ahora ofrezca «conectar todo, centralizar nuestra vida y optimizar nuestro tiempo». De hecho, algunos piensan que «entregarle a una Inteligencia Artificial el acceso directo a nuestra biología no es un avance; es una imprudencia de proporciones mayúsculas».

Pero la realidad es así. Del mismo modo que hay estudiantes –y algún periodista acuciado por la urgencia– que ponen sus trabajos en manos de la IA generativa de textos, habrá individuos que dejarán sus datos en manos de ese chat para que, tras examinar nuestras particularidades y las de otros usuarios, nos ofrezca una solución médica, aunque «no pretenda sustituir la asistencia profesional».

Eso sí, algo bueno tendrá, porque estos chats son tan educados y tan políticamente correctos que jamás nos recomendarán remedios estrafalarios. Ninguna IA –ni creo que ningún consejo de los que se recibían antiguamente en los caminos– sugeriría nunca a Julio Iglesias soluciones tan extravagantes como las que, dicen, utilizó para aliviar sus ataques de ciática. Porque, aunque la máquina se equivoque, siempre adoptará un tono de refinado respeto.

martes, 13 de enero de 2026

BOTELLONES Y BASURA (14 de enero de 2026)

 

El Diario Montañés, 14 de enero de 2026 (fotografía DM)

Don Fermín Cestona, antiguo cura de mi pueblo, comenzaba sus sermones apelando a ejemplos cercanos. En aquellos tiempos el sermón se efectuaba desde el púlpito, ante un auditorio de misa obligatoria, tras ascender por unas escaleras de caracol. Yo, muy niño, quedaba sobrecogido por la figura de aquel hombretón, que se agigantaba aún más vista allá arriba, y por su voz de gravedad rotunda. «El otro día fui a Santander a comprar unos zapatos de Segarra…», empezaba, y ensamblaba, en un hecho cotidiano, las enseñanzas morales que quería transmitirnos. Era una época, afortunadamente muy alejada de la actual, en la que el respeto lindaba con el miedo. Pero, como no hay bien que por mal no venga, la tortilla ha dado la vuelta. Aquella etapa quedó atrás. También los sermones, que ni se imparten desde el púlpito ni apenas tienen oyentes.

Quizá por eso el Ayuntamiento de Santander ha puesto en marcha una campaña que comenzará en febrero para concienciar a los jóvenes de los problemas que acarrea el botellón: «El botellón es mucho más de lo que ves», dice su eslogan. Y eso que las huellas que deja son bien visibles. Alguien dijo que entre Santander y Torrelavega se generaron doscientas toneladas de basura en Nochevieja, y no se discutió la cifra (¿nadie se detuvo a pensar que harían falta 40.000 personas dejando cinco kilos por cabeza para alcanzar semejante montaña?).

Aun así, como «los datos sobre las consecuencias del botellón son demasiado abstractos para que un adolescente los interprete como amenaza», la campaña pretende mostrarlas para que se «identifiquen con ellas y vean sus posibles repercusiones».

Sospecho, sin embargo, que a esta juventud, políticamente tan conservadora, quizá le resultaría más eficaz un coscorrón de los que repartía don Fermín, a diestro y siniestro. Seguro que dejarían menos basura.


martes, 6 de enero de 2026

NO A LA INDIFERENCIA (7 de enero de 2026)

 

El Diario Montañés, 7 de enero de 2026

Puede parecer ingenuo comenzar el año escribiendo una lista de deseos, porque poco podemos hacer si, como sentencia el proverbio, «el hombre propone y Dios dispone». Y menos aun cuando algunos políticos se creen dioses y, dispuestos a repartirse el mundo, nos consideran al resto criaturas desechables, meros peones en el tablero de una vida que no controlamos. Lástima que todavía no dominen la tecnología para castigarnos con otro diluvio.

En estos días de incertidumbre he tenido sentimientos bien distintos. Por un lado, he comprobado con satisfacción que en Francia todos los partidos han sido unánimes en la condena a la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela (incluso Marine Le Pen, tan crítica con el gobierno venezolano, ha levantado la voz para advertir que renunciar hoy a la soberanía de los Estados «equivaldría a aceptar nuestra propia servidumbre mañana»). Por otro, me ha entristecido constatar que nuestras derechas –la ultra y la que presume de no serlo– han aprovechado para moldear la opinión pública a su conveniencia, hasta el absurdo de convertir un conflicto internacional, que puede traer consecuencias muy graves para Europa, en munición para sus batallas internas de andar por casa; han llegado a decir que «la caída de Maduro es un golpe para la mafia sanchista, más grande que la detención de Ábalos y Cerdán».

Por eso comenzaré 2026 pidiendo un deseo, uno solo: que el nuevo año no permita que nos aferremos a la indiferencia. Tal actitud allana el camino a nuestros manipuladores y, al mismo tiempo, envilece el nuestro. Si aún nos queda una pizca de dignidad crítica, no deberíamos renunciar a la libertad de pensamiento, porque, aunque no podamos enderezar los grandes rumbos del mundo, sí podremos ajustar los nuestros. Y esos, al final, son los únicos sobre los que tenemos total soberanía.

martes, 30 de diciembre de 2025

ABI Y GRACIELA (31 de diciembre de 2025)


 El Diario Montañés, 31 de diciembre de 2025

«En estas fechas siento mucho más su lejanía. Hablo con ellos. Pero, aunque el teléfono me los acerque en voz y en imagen, necesito sus abrazos: mis hijos, mis padres, mis hermanos, mi abuela… Perdida en el laberinto de la esperanza, me pregunto si mereció la pena trasplantar el alma en un viaje tan largo, persiguiendo un sueño que en ocasiones se convierte en pesadilla. Abro la ventana y oigo la algarabía de las calles en esta última noche del año –petardos, ruidos, voces festivas–, iluminada por estrellas ficticias. Siento el apoyo de mis compañeros de piso, unidos por las penas y el baño compartido. Antes de salir, repaso el interior de la mochila: bocadillo, botellín de agua, peine, cepillo de dientes, pañuelos de papel… Nada falta.

Llego al hospital. Pasaré la noche con una paciente nonagenaria que tengo a mi cuidado. Tiene la misma edad que mi abuela de allí. Viviremos juntas el cambio de año, sin uvas, pero estrechando el racimo de sus dedos que buscarán protección entre los míos. En momentos así, asistiendo a quien de verdad lo necesita, considero que quizá haya merecido la pena un viaje tan largo.

Sin venir a cuento, pienso en los políticos que dicen que sobramos, porque somos una amenaza, incluyéndonos a todos en su discurso de odio para pedir el vergonzoso voto de la insolidaridad».

«Leo sus artículos», me dice, y continúa, anteponiendo el educado usted de su país: «Usted que escribe, cuéntelo para que la gente recapacite. Ayúdenos, no queremos que nos vean como el peligro que no somos. No debemos pagar justos por pecadores».

¿Qué puedo añadir a sus palabras? Acaso subrayar que su llegada nos ha traído el alma que aquí comenzamos a perder. Y que la solidaridad no se construye levantando muros, sino tendiendo manos.

martes, 23 de diciembre de 2025

FELIZ NAVIDAD (24 de diciembre de 2025)

 

El Diario Montañés, 24 de diciembre de 2025

Un año más –y ya he perdido la cuenta– los premios de la lotería pasaron de largo. Es una situación repetida que, más allá de la anécdota, revela el error de confiar nuestro futuro solo al azar. Incluso si la suerte nos sonríe, el peligro no termina. Según la sociedad de formación financiera Alfio Bardolla Training Group, «más del 75% de los agraciados con los premios de lotería acaban arruinados por no saber gestionar tanto dinero conseguido en tan poco tiempo». Puede parecer consuelo de perdedor, pero los datos demuestran que, en la mayor parte de los casos, la lotería no actúa como ascensor social, sino como fluctuante montaña rusa.

Existe, sin embargo, un ascensor social más fiable y menos caprichoso: la universidad. Durante décadas, la universidad pública española ha sido un motor decisivo de movilidad social. Personas de origen humilde pudimos equipararnos en formación y oportunidades a quienes pertenecían a clases tradicionalmente privilegiadas, en un país donde el origen familiar parecía encauzarnos hacia un destino predicho. La expansión del sistema universitario en los años 80 abrió las puertas a una generación de hijos de obreros y agricultores que accedimos a profesiones cualificadas, contribuyendo a modernizar España y a cimentar una sociedad más equitativa.

Hoy, sin embargo, ese ascensor social, como tantos otros, está amenazado. Los servicios públicos esenciales que nos dimos en su día sufren las consecuencias de la falta de inversión, la precarización y la creciente inclinación política a favorecer lo privado. Y este debilitamiento no solo compromete la igualdad de oportunidades, también erosiona los pilares que permitieron construir una comunidad más justa.

Defender lo público supone reforzar nuestro futuro colectivo. Porque no parece sensato fiarlo todo a la fortuna o dejarlo en manos de representantes que anteponen el interés de su codicia.

Feliz Navidad, aunque sea público-privada.

martes, 16 de diciembre de 2025

GALLOS DE CRESTA ROJA (17 de diciembre de 2025)

 

El Diario Montañés, 17 de diciembre de 2025

Es época de gallos. Aunque los casos de acoso nunca han dejado de estar presentes, resulta especialmente doloroso que quienes enarbolan la bandera del feminismo estén siendo, en la práctica, máximos exponentes del machismo. Han caído en las mismas actitudes que denuncian, mostrando una incoherencia que erosiona la credibilidad de sus discursos. Chulos sin escrúpulos, disfrazaban su comportamiento bajo retóricas progresistas, cuando en realidad reproducían las extralimitaciones del poder, aprovechando que eran ellos mismos los que estaban montados en el «machito» ocupando un lugar privilegiado.

Parecía que habíamos superado los tiempos del extravagante Hormaechea, capaz de soltar en una noche de copas exabruptos tales como que «de las mujeres, lo mejor es cuando se abren de piernas», o que Isabel Tocino «no me sirve ni para hacerme una paja». También parecía superada otra etapa lamentable, la de León de la Riva, exalcalde de Valladolid, que llegó a decir que cada vez que veía «la cara y los morritos de Leire Pajín» pensaba en lo mismo, aunque prefería no contarlo, y que Carme Chacón era «la Señorita Pepis vestida de soldado». Supongo que sabía mantener la prudencia –¡ay las conversaciones de barra!– cuando ejercía su profesión de ginecólogo.

Por eso, el machismo abusador de la izquierda abanderada feminista resulta aún más repudiable: es el claro reflejo de que el hábito –bajo el disfraz de modernidad o camaradería– no hace al monje. Algo así, si se me permite, como si en un rebaño los fieles mastines supusieran para las ovejas un peligro mayor que el de los pérfidos lobos.

Desgraciadamente, los escándalos recientes no serán los últimos. Aunque la sociedad haya avanzado mucho en leyes, en conciencia y en debate público, los viejos vicios continúan larvados incluso en quienes ondean la bandera del feminismo.

Porque los gallos de ahora lucen cresta roja.