martes, 24 de febrero de 2026

ENCONO, QUE NO DEBATE (25 de febrero de 2026)

 


El Diario Montañés, 25 de marzo de 2026


En verdad, vivimos en un país que, por polarizado, está en crispación constante. Eugenio lo expresó en un chiste en el que al saludo de «buenos días» de un ciudadano, otro le contestaba «pues mira que tú».

Las redes sociales no están teniendo el efecto educativo que se las suponía en un principio, porque muchos poderes han elegido el peligroso camino del bulo, el adoctrinamiento y los ataques personales para defender unos intereses interesados que crecen mejor sembrando en terrenos de ignorancia. Es paradójico que, teniendo toda la información del mundo a nuestro alcance, ahora seamos más vulnerables que nunca al engaño, quizás porque resulta más fácil manipular una emoción que debatir un dato. Y como quiera que, por un falso concepto de democratización, cualquiera puede manifestar sus opiniones, por dañinas que sean, nos vemos inmersos en un vecindario –aldea global– tan cotilla como agresivo. Basta con leer los juicios de algunas personas en los periódicos considerados serios –con los que recoge la prensa deportiva se podría elaborar una tesis sobre el odio partidista en el deporte (de la ortografía utilizada es mejor no hablar)– para darse cuenta de que hay gente que opina a diario, según parece, más que para mantener una idea, para derrotar las de los demás. Para más inri, lo hacen escondidos en seudónimos que preservan el anonimato. Qué fácil resulta tirar la piedra y esconder la mano. Lo que debería haber sido una oportunidad para el diálogo, suele convertirse en un asedio.

Hoy miércoles se abre un nuevo tiempo de encono, que no de debate. Se desclasifican algunos papeles del 23F, ¡45 años después!, y sus datos no se usarán para entender la historia, sino para convertirlos en armas arrojadizas. Será la hora estelar de políticos mediocres y francotiradores digitales. Arderán las redes. Al tiempo.


martes, 17 de febrero de 2026

UN ARCO ENTRE AVELLANOS (18 de febrero de 2026)

 

El Diario Montañés, 18 de febrero de 2026

Cuando llegó al pueblo, sorprendió a todos por su actitud cercana. En el bar alternaba como un parroquiano más. Contaba chistes, incluso de los más verdes, con la misma naturalidad con que cantaba una tonada acodado en la barra. Era alto directivo de un conocido banco, pero en el trato parecía ser uno más. Pagaba las rondas con esplendidez. En el pueblo se miraba mucho lo de la tacañería, y él, poco a poco, fue cimentando su fama de generoso. Dijo que había venido a vivir entre nosotros y que pretendía edificar una casa en el mato; así llamábamos a un bosquecillo que estaba situado en lo más alto del pueblo. La verdad es que nos costaba comprender el porqué del lugar, aunque lo achacábamos a las rarezas de las gentes capitalinas, que siempre suelen encapricharse de cosas que a nosotros nos resultan extravagantes. Pasado el tiempo –quizás tuviera algo que ver el hecho de que ya había terminado la casa– fue espaciando sus visitas al bar. Poco después sucedió lo del cierre del «caminín», como llamábamos a un sendero humilde, pero esencial, que unía el pueblo con el Mazo de la Hoz, tras pasar bajo el arco de un avellanal que los usuarios habíamos ido formando, a modo de túnel vegetal, antes de llegar al mato.

Se cerró el «caminín». Y poco después se cegó el arco. Entonces perdimos la posibilidad de atravesar el bosque, que quedaba definitivamente como uso privado de aquel hombre que alternó en los bares para, según dijeron, comprar voluntades, como compró la del alcalde pedáneo.

Y no digo yo que estuviera mal… pero desde luego aquello no estuvo bien, porque no hubo transparencia. Algunos consideramos entonces que fue una pérdida de lo público. Y lo público, si se pierde, rara vez vuelve a recuperarse.

lunes, 9 de febrero de 2026

VALDATA (11 de febrero de 2026)

 

El Diario Montañés, 11 de febrero de 2026

La llamada ‘Economía de Datos’ representa «un nuevo modelo económico en el que los datos se consideran un activo valioso». Todos hemos comprobado cómo nuestros movimientos por la red derivan hacia intereses comerciales; basta, por ejemplo, que miremos información sobre un mueble, para recibir al momento múltiples ofertas similares.  En España esa economía avanza hacia el 5% del PIB, es decir, 79.500 millones de euros, una cifra nada desdeñable.

Estos días está habiendo un debate muy sensible en Cantabria. El proyecto Cohorte Cantabria, que ha logrado reunir los datos biomédicos y biográficos de más de 50.000 ciudadanos con el objetivo de impulsar la Medicina de Precisión, ha visto tambalear su credibilidad. La sospecha de que los datos recogidos puedan ser vendidos al mejor postor ha sobrevolado el Parlamento y la prensa regionales. De hecho, el Instituto de Investigación Marqués de Valdecilla (IDIVAL) recibió en 2025 una subvención de 1,7 millones de euros para poner en marcha el proyecto VALDATA, cuya finalidad es «facilitar el uso secundario y la transferencia a mercado […] de los datos sanitarios para un conjunto de finalidades adicionales a la propia prestación sanitaria al usuario». Que además el programa se subtitule «Cantabria hacia una Economía de Datos en Salud», resulta inquietante.

Es evidente que realizar más de 50.000 analíticas tiene un coste enorme. Por eso, que exista un modelo de retorno económico no debería sorprendernos, ya que es algo habitual en proyectos científicos, que no pueden vivir tan solo del prestigio que proporcionan los artículos en publicaciones especializadas. El problema no es la existencia de ese retorno, sino la falta de transparencia. Necesitamos saber con claridad que su uso será solamente científico, que el anonimato estará garantizado y, sobre todo, que conoceremos quién se beneficiará de la explotación de esos datos.

Solo así la eventual venta resultará doblemente saludable.


martes, 3 de febrero de 2026

PREJUICIOS (4 de febrero de 2026)

 

El Diario Montañés, 4 de febrero de 2026

He contado en este mismo rincón que a los catorce años salí por vez primera al extranjero. Mis tíos se habían asentado en Burdeos, allá por los años cincuenta, tras descubrir en esa ciudad francesa el trabajo que aquí no encontraban. Vivían en la zona antigua de la ciudad, la rue de La Fusterie, calle humilde que compartíamos españoles, portugueses, marroquíes, senegaleses… y ciudadanos franceses de bajo nivel económico.

Nunca olvidaré aquel verano de 1971. Cuando salí a reconocer el entorno, una vecina se asomó a la ventana de su cuarto piso y me chilló: «Espagnol, allez avec Franco» (Español, vete con Franco). Desconozco cómo pudo descubrir que era español, pero confieso que me sentí señalado por aquella frase cargada de un odio incomprensible. Aquella señora, que quienes la conocían tildaban de loca, me marcó con la incertidumbre de sentirme un elemento culpable de algo que yo no tenía conciencia de haber realizado. No podía juzgar a toda Francia –país que mostraba con orgullo el lema «Liberté, Égalité, Fraternité» como muestra de defensa de la democracia, los derechos humanos y la soberanía popular– por la actitud de quien representaba a unos pocos, pero, aunque estaba acompañado y tutelado, me sentí un menor apuntado por la xenofobia.

No están acompañados los menores que señalan en Cartes, como en tantos otros lugares, convertidos en símbolo de una amenaza imaginaria, la misma que movió a aquella vecina a convertirme a mí en representante de un régimen que ni comprendía ni compartía. Entonces, su grito no hablaba de mí, sino que manifestaba sus propios temores. Quizás como ahora, cuando algunos necesitan un culpable fácil para explicar un mundo que les incomoda.

Los gritos de hoy me han hecho recordar aquellos de Burdeos, tan injustos. Incapaces de comprender al menor que habitaba detrás del prejuicio.