Sabemos que la abundancia y la escasez son cíclicas: ni la felicidad es eterna ni hay mal que cien años dure. Viene esto a cuento por el discutido asunto de las mascarillas, en el que hemos pasado de manufacturarlas por su carencia –hubo un tiempo en que esperábamos con nerviosismo la llegada de las llamadas «revilletas», muy poco vistas después–, a tenerlas disponibles para cualquier gusto y estilo. El que en principio fue atavío protector, es ya artículo de diseño. La mascarilla más común es de color azul claro, de un solo uso –aunque de tanto utilizarla termina haciendo bolas e hilillos–, pero las hay de toda condición: escuetas cual tangas, que tapan lo imprescindible, apenas boca y nariz; caseras –grandes como la braga-faja de Bridget Jones–, que alcanzan hasta los ojos y suelen tener humedad o marcas negras de rímel por la zona próxima a los lacrimales; con válvula, que protegen a quienes las portan y no al resto, indicadas para usar como cofia si se coloca la espita en lo más alto, cual pompón (de tal guisa se la he visto a una señora de edad en una cafetería); las hay de diseño, con color oscuro y bandera patria en un lateral, o con lábaro, o con multicolores arcoíris… El catálogo es inabarcable. Se regalan en los mítines políticos para que los fieles muestren el color de su voto, y se entregan con la prensa deportiva con la pretensión de que los forofos multipliquen los colores de su equipo. La prenda ha pasado de proteger y cubrir a su portador, a mostrar sin reparo la ideología de cada cual. Y, por supuesto, también sirve para que algunos –los hay– presuman de la libertad de no usarla. Tontos integrales que confunden el culo con las témporas.

martes, 30 de junio de 2020
martes, 23 de junio de 2020
SIN PISAR A NADIE (24 de junio de 2020)
Llegó el verano, puntual,
y trajo la nueva normalidad que a muchos no nos lo parece tanto, aunque se
repitan las situaciones. Regresan las temperaturas altas, suaves en el norte, altas
de verdad más abajo; vuelven las derrotas del representativo, camino a la
perdición de la llamada eufemísticamente segunda B, que es la tercera; se
repiten las quejas de Revilla, amenazando con no tolerar la actitud hostil de
Madrid, que niega lo que debe. Es el pan nuestro de cada día. Poco le importan
al fuerte los que son más débiles que él. Las reivindicaciones de Revilla –las
de todos los cántabros– caen en saco roto; como en saco descosido caen las del
mundillo de la cultura en su gobierno, aunque nadie le haya amenazado todavía
con no tolerar tal actitud de desprecio que, más que hostil, ignora. Suele
pasar. Se dice que unos viven de las subvenciones mientras otros las reciben copiosas
por su fama de ser el motor –gasolina, gasoil o eléctrico– de la economía
nacional: empresarios que parece que nunca piden nada porque siempre se lo dan.
El pez grande se come al chico, como el tigre de Cabárceno se comió la
mascarilla de algún desaprensivo que, además de chetos y patatas, la lanzó, o
se le cayó sin querer –vaya usted a saber–, porque todos la llevamos colocada
de cualquier manera. La nueva normalidad llega –ya se ve– con las anormalidades
de siempre, aunque el mundillo cultural tiene la esperanza de reencontrarse esta
semana con el público lector en la feria del libro de Torrelavega. ¿La apoyarán
Revilla o Zuloaga con sus presencias? No lo sabemos. Solo tenemos la certeza de
que no se regalará vales turísticos con cada compra. Así no perjudicaremos al cercano
zoológico de Santillana. Es conveniente progresar sin pisar a nadie.
miércoles, 17 de junio de 2020
ECONOMÍA Y PRUDENCIA (17 de junio de 2020)
No suelen ir de la mano
prudencia y economía. La primera toma su tiempo en cada decisión, la segunda se
la juega con la duda; por eso ambas han estado midiendo sus fuerzas durante este
confinamiento. Calculan quienes de esto saben que una semana con las fronteras cerradas
le cuesta al turismo regional cerca de dieciocho millones de euros, de los que aproximadamente
cuatro y medio los aportan los vascos. Es lo que ha llevado a Revilla a soñar
con la apertura ilimitada de la frontera del este, esa a la que se refirió como
«la muga». Pero tiene la sospecha de que el personal de uno y otro lado quizá no
se comporta de manera responsable (algunos del lado de allá nunca han dejado de
pasar a este, y algunos camareros de este, aun viviendo del sector servicios,
en más casos de los deseables utilizan las mascarillas como barbuquejos, mientras
aclaran al cercano y desprotegido comensal las dudas que genera una carta que ofrecen
en papel multiuso). Por eso, cuando el flujo transcurra libre, ha manifestado el
presidente que tanto Urkullu como él tendrán que «sensibilizar» a los
ciudadanos sobre la importancia de ser rigurosos en el respeto a las normas, «para
que no haya necesidad de que tengamos que arrepentirnos de esto que vamos a hacer».
Margarita del Val,
experta viróloga que nos mete el miedo en el cuerpo con cada una de sus
declaraciones, ha dicho que acaso la segunda oleada del virus se adelante a
julio, coincidiendo con la movilidad, porque el bicho todavía sigue ahí. Habrá,
pues, que ser rigurosos, no bajar la guardia y subir la mascarilla a su lugar. Así
caminarán de la mano prudencia y economía. Porque en situación tan grave como
esta no sirve lo de «arrepentidos los quiere el Señor».
miércoles, 10 de junio de 2020
ABRIR LA MUGA (10 de junio de 2020)
José
María Aznar tiene un don para las lenguas. Lo mismo habla catalán en la
intimidad que pronuncia frases españolas con acento tejano. «Estamos trabajando
en ello», dijo con soltura tras tratar con un socio de conveniencia. Revilla, acaso
imitándolo, nos ha sorprendido con un sustantivo que, aunque quienes de esto
saben dicen que tiene etimología indoeuropea, otros consideran que, por la apropiación
que da el uso, proviene del euskera: «Nos tienen que autorizar a abrir la ‘muga’
–ha dicho–. No hay dos territorios en España con más relación […] humanamente somos casi lo mismo». Dejando
a un lado el siempre divertido asunto de la identidad sanguínea, el presidente
sabe que salvar el verano cántabro depende en gran parte de nuestros socios del
este. Los del oeste tendrán que esperar porque, en cuanto a turismo se refiere,
reciben más que dan. Por eso se ha unido a Urkullu para «abrir la muga», socio
de utilidad en tiempos revueltos.
Rafael Bengoa, vasco nacido en Caracas, conoce bien
la sanidad pública y sus problemas. Acaba de declarar, refiriéndose al
coronavirus, que las noticias repetidas de que ya hay menos muertos pueden
relajar nuestro comportamiento y hacernos bajar la guardia al creer que el riesgo
también ha bajado, cuando en realidad no lo ha hecho. Aunque haya libertad de
movimientos fronterizos, debemos seguir
actuando con prudencia.
«Ésta es su casa», ha dicho Revilla refiriéndose a
los vascos. Bienvenidos a nuestra tierruca, pródiga en bares y locales de ocio,
que vamos a abrir en esta fase tres con condiciones menos restrictivas que en las
anteriores.
La cultura, salvo que sirva de reclamo turístico,
irá despacio. Representa más peligro un público cultural, respetando la separación,
que el que se apiña en playas o terrazas. Porque para algunos la cultura es más
dañina que una cerveza.