José
María Aznar tiene un don para las lenguas. Lo mismo habla catalán en la
intimidad que pronuncia frases españolas con acento tejano. «Estamos trabajando
en ello», dijo con soltura tras tratar con un socio de conveniencia. Revilla, acaso
imitándolo, nos ha sorprendido con un sustantivo que, aunque quienes de esto
saben dicen que tiene etimología indoeuropea, otros consideran que, por la apropiación
que da el uso, proviene del euskera: «Nos tienen que autorizar a abrir la ‘muga’
–ha dicho–. No hay dos territorios en España con más relación […] humanamente somos casi lo mismo». Dejando
a un lado el siempre divertido asunto de la identidad sanguínea, el presidente
sabe que salvar el verano cántabro depende en gran parte de nuestros socios del
este. Los del oeste tendrán que esperar porque, en cuanto a turismo se refiere,
reciben más que dan. Por eso se ha unido a Urkullu para «abrir la muga», socio
de utilidad en tiempos revueltos.
Rafael Bengoa, vasco nacido en Caracas, conoce bien
la sanidad pública y sus problemas. Acaba de declarar, refiriéndose al
coronavirus, que las noticias repetidas de que ya hay menos muertos pueden
relajar nuestro comportamiento y hacernos bajar la guardia al creer que el riesgo
también ha bajado, cuando en realidad no lo ha hecho. Aunque haya libertad de
movimientos fronterizos, debemos seguir
actuando con prudencia.
«Ésta es su casa», ha dicho Revilla refiriéndose a
los vascos. Bienvenidos a nuestra tierruca, pródiga en bares y locales de ocio,
que vamos a abrir en esta fase tres con condiciones menos restrictivas que en las
anteriores.
La cultura, salvo que sirva de reclamo turístico,
irá despacio. Representa más peligro un público cultural, respetando la separación,
que el que se apiña en playas o terrazas. Porque para algunos la cultura es más
dañina que una cerveza.
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