El Diario Montañés, 30 de octubre de 2024
Quienes
debían dictar sentencia frente a los diferentes criterios que mantenían Pablo
Zuloaga y Susana Herrán, con respecto a los resultados de las votaciones de su
partido, lo han hecho tarde y, según algunos, mal. Los seguidores de cada uno reclamaban
justicia desde su particular perspectiva, pero tanto en Madrid como en
Cantabria pretendían dejar la casa sin barrer. Parecían repetir el dicho
bíblico: «Aparta de mí este cáliz de amargura. No se haga mi voluntad, sino la
tuya». La Comisión Regional de Ética se vio forzada a intervenir y falló a
favor de Zuloaga, aunque quedó la sensación de que la derrota fortalecía a los derrotados,
algo que acaba de proclamar el Comité Federal de Ética al convertirlos en
ganadores.
Al
que sí va a cargarse un análisis retrospectivo, esta vez con el beneplácito de
todos, es a Íñigo Errejón. Ahora será examinado de sus rejonazos pretéritos,
porque olvidó el abecé de la habilidad seductora que, según los manuales de
uso, se debe emplear con «destreza para controlar y doblegar la voluntad de los
demás sin recurrir a la violencia física ni a la presión psicológica». Una
cuestión de tacto. Pero, dale a Manolillo un carguillo y comprobarás cómo se
las gasta en cuanto toca algún resorte de poder, si no tiene la cabeza
amueblada con una ética sólida. En su caso parece que no existía otro tacto que
el manual, el del manoseo y el abuso, muy alejados de la prédica de su partido,
que reprobaba la fuerza de cualquier clase y no permitía dar más pasos que los
refrendados por el «solo sí es sí».
Robert
Green sostiene que «todas las áreas de la vida social exigen la habilidad para
convencer a la gente sin ofenderla ni presionarla». Unamuno lo había
certificado: «Vencer no es convencer». Errejón lo sabía. Desde otro enfoque, también
deberían tomar buena nota Susana y Pablo.