El Diario Montañés, 26 de marzo de 2025
Parece
una contradicción que con Trump en el poder haya pocos huevos en EE.UU., pero
el destino ha querido tal confluencia. La noticia es alarmante para nuestra
economía real, la de todos los días, porque ante su escasez en el mercado
americano el precio ha comenzado a dispararse en España. Ya sentíamos una nostalgia
silenciosa cuando los cocinábamos sin apenas aceite –los huevos parecen más
tristes pasados por agua o fritos a la plancha, no digáis que no–, pero así nos
lo aconsejaba el precio desproporcionado del zumo de aceituna, aunque disfrazásemos
su desuso tras los peligros del colesterol. También habíamos olvidado el
atractivo de las puntillas, festoneadas de gotitas que eran una incitación al
moje. Y estábamos acostumbrados a verlos en los platos rodeados de menos
patatas, porque el año pasado los tubérculos habían multiplicado su coste.
Pero, como la desgracia en casa de los pobres no sosiega, ahora que el aceite y
las patatas han reducido sus precios a valores más soportables, nos vienen con
lo de la subida de los huevos. Le manda…
Las
consecuencias de su sobreprecio se reflejarán en la cocina y en otros asuntos. Aunque
algunos sientan ganas de hacerlo, estaría mal lanzárselos a los políticos, pues
sería una práctica insolidaria, cercana al vandalismo económico.
Con
lo que se nos viene encima, tenemos el deber de cuidar mucho de los huevos y de
las gallinas, porque, pese a su alarde de testosterona, Trump acabará comprándoselos
a Europa, y atravesaremos un tiempo de necesidades.
De otros
huevos, de los metafóricos, vamos sobrados en nuestro país. Con ellos «bien
puestos» adorna el toro de Osborne los atardeceres en las lomas patrias y ocupa
el centro de algunas banderas, empujando al aguilucho, símbolo de Franco, quien,
por cierto, según algunos era monórquido. El dictador, quiero decir.