El Diario Montañés, 6 de mayo de 2026
«¿Qué
hacemos paseando por aquí, si no nos gusta leer?». Una adolescente, de unos
trece años, se lo pregunta a dos compañeras de edad similar. Pasean por la
Avenida de España, en Torrelavega y, acaso distraídas por las pantallas de sus
móviles, no han reparado hasta ahora en las casetas que están instaladas a
ambos lados del paseo con motivo de la feria del libro. Están asombradas, como
si hubieran entrado en una exposición de productos ortopédicos, tan prescindibles
para ellas como los libros.
Se
diría que el vértigo de sus teléfonos las ha alejado definitivamente de la letra
impresa en papel. De poco ha servido que algunos escritores hayan renunciado a
la subordinación y se empeñen en expresarse con frases breves de respiración corta
(escritores asmáticos, suelo denominarlos) para atraer lectores que asimilen ideas
en papilla. Pero no lo han logrado. El libro es para ellos un artefacto arcaico
que no tiene la inmediatez del pixel.
Son
tres muchachas, espejo de otros jóvenes indiferentes a la lectura.
Como
en toda feria del libro que se precie, asoma la lluvia para añadir un tono
melancólico a la tarde. Entre risas y grititos de sobresalto, las chicas
desaparecen.
«Qué
llueva, que llueva, la virgen de la cueva…». La voz que canta es de una niña que
tendrá sobre nueve años. Se detiene en nuestra caseta. «Quiero ver todos los
libros y me compras el que más me guste», dice a su madre. Con ojos vivos
repasa uno y otro con atención, hasta que elige el que considera mejor.
«¿Cuánto es?», pregunta la madre. «Nada», contesto. «Permita que se lo regale a
esta pequeña esperanza lectora». Sorprendida, se deshace en agradecimientos.
La niña
reacciona abrazando el libro contra el pecho. Su expresión me hace sentir que no
todo está perdido.

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