El Diario Montañés, 28 de enero de 2026
Se
está poniendo de moda el ayuno intermitente, que consiste en permanecer varias
horas sin comer –generalmente dieciséis–, no solo para conseguir adelgazar sino
también para que el cuerpo aproveche ese tiempo en depurar desechos interiores.
Además –miel sobre hojuelas– resulta que se acaba de comprobar en laboratorio
que los ratones, tanto machos como hembras, sometidos al ayuno «tuvieron
significativamente más contactos sexuales que los que podían comer libremente,
y su comportamiento de apareamiento compensaba con creces las limitaciones
fisiológicas propias de la edad». O sea, que quienes practiquen esa privación
alimentaria pueden verse recompensados de rebote, pese a los años, con una
suerte de gula sexual. O al menos «ser más listos que el hambre».
Lo complicado
es que, lector como soy de los estudios divulgativos que aparecen publicados en
prensa, siento cierta incertidumbre. En uno de los últimos que cayó entre mis
manos pude enterarme de que el sexo intermitente era muy recomendable, pues,
además de mejorar el autocontrol, permitía «resetear» y luchar contra la
inercia. Muy «sexudas» investigaciones (permítaseme la licencia para escribirlo
así) de universidades prestigiosas, como la china de Hong Kong o la canadiense
de Toronto Mississauga, sostenían en aquel artículo que «el nivel de felicidad»
de las parejas que practicaban poco o ningún sexo –manteniendo incluso la
abstinencia en periodos de ¡hasta cinco años!– era similar al de las parejas
que lo hacían regularmente.
Leyendo
tales estudios, uno empieza a sospechar que cierta divulgación científica se ha
entregado con excesivo entusiasmo a la ligereza. Y ya se sabe que, cuando la
ciencia se vuelve frívola, la frontera entre el dato y el disparate resulta
demasiado sutil. De ahí a desconfiar en ella solo hay un paso. Para no darlo
debemos mantener el espíritu crítico. Y no permitir que también nuestro
pensamiento sea intermitente.

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