El Diario Montañés, 11 de marzo de 2026
Siendo
niño el catecismo me enseñó que el buen cristiano debía santiguarse al
levantarse de la cama, al salir de casa, al entrar en la iglesia –o al pasar
delante de ella–, antes de comer, antes de cenar, ante la tentación o el
peligro, para conjurarlos… De seguir esos preceptos al pie de la letra, la vida
podría convertirse en un ejercicio persistente de brazos, desde la frente al
pecho y desde el hombro izquierdo hasta el derecho. Tales exhibiciones públicas
desaparecieron cuando nuestro país relajó su inicial exaltación del nacionalcatolicismo,
que pretendía convertirnos en reserva espiritual, el Parque de Naturaleza
Mística de Occidente. De aquella educación permanecen huellas. Sirva como
ejemplo cuando algunos deportistas –no solamente españoles– se encomiendan a su
dios con la señal de la cruz o elevando las manos hacia el cielo antes de las
competiciones, pidiendo la victoria (dicen que ese gesto llevó a Johan Cruyff a
descreer definitivamente, pues razonaba que en el caso de que existiera un dios
justo, atendería la petición de todas las partes y los partidos de futbol
terminarían impepinablemente en empate). Lo cierto es que el tic es una
costumbre que no hace daño a nadie, ni a nadie debería ofender.
El
peligro surge cuando algunos se consideran elegidos por Dios para salvar al
mundo, como parece creerse Trump. La psiquiatría tiene un diagnóstico para lo
que considera un desequilibrio mental: delirio mesiánico. Y a quienes refuerzan
su descabellada idea de que es un enviado y rezan por él, no los denomina
lameculos, sino locos grupales, «sujetos inmersos en un trastorno delirante
compartido».
Si
el mandatario pajizo continúa por esa senda, además de derrocar regímenes
políticos, puede poner en peligro la jerarquía del papa, pues generará dudas sobre
quién es el verdadero representante de Dios en la tierra.

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