El Diario Montañés, 21 de enero de 2026
Decía
Estrabón en su ‘Geografía’, refiriéndose a los cántabros y a otros pueblos del
norte, que «a los enfermos […] los exhiben en los caminos a fin de que les
ofrezcan su consejo quienes ya han padecido la dolencia».
En
este siglo XXI, las autopistas informáticas son las que unen la aldea global, y
los consejos nos los ofrecerá, en los cruces virtuales de las conexiones
tecnológicas, la Inteligencia Artificial con el ChatGPT Salud. Esta nueva
aplicación, que se anuncia a bombo y platillo, ambiciona obtener muchos demandantes,
ya que hay gente hastiada por los retrasos habituales en las consultas de salud
pública. En contra tendrá a quienes desconfiamos del peligro que supone regalar
nuestros datos médicos a una tecnología que vaya usted a saber cómo los
empleará después, aunque ahora ofrezca «conectar todo, centralizar nuestra vida
y optimizar nuestro tiempo». De hecho, algunos piensan que «entregarle a una
Inteligencia Artificial el acceso directo a nuestra biología no es un avance;
es una imprudencia de proporciones mayúsculas».
Pero
la realidad es así. Del mismo modo que hay estudiantes –y algún periodista acuciado
por la urgencia– que ponen sus trabajos en manos de la IA generativa de textos,
habrá individuos que dejarán sus datos en manos de ese chat para que, tras
examinar nuestras particularidades y las de otros usuarios, nos ofrezca una
solución médica, aunque «no pretenda sustituir la asistencia profesional».
Eso
sí, algo bueno tendrá, porque estos chats son tan educados y tan políticamente
correctos que jamás nos recomendarán remedios estrafalarios. Ninguna IA –ni
creo que ningún consejo de los que se recibían antiguamente en los caminos– sugeriría
nunca a Julio Iglesias soluciones tan extravagantes como las que, dicen, utilizó
para aliviar sus ataques de ciática. Porque, aunque la máquina se equivoque, siempre
adoptará un tono de refinado respeto.

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