lunes, 27 de julio de 2026

OTROS ESTERCOLEROS (29 de julio de 2026)

 

El Diario Montañés, 29 de julio de 2026. Imagen Luis Palomeque

A diferencia del dinero –religión que solo conoce el mandamiento de acumular–, la mierda no tiene valor. Si lo tuviera, en frase atribuida a García Márquez, «los pobres nacerían sin culo». Por eso algunos la reparten con alegría; la mierda, digo. Como el ganadero que diseñó tuberías escondidas para vaciar los purines sobrantes en el río, haciendo lo que otros cuando creen que nadie los vigila. Y el resultado está ahí, pudriéndose en el cauce. Miles de peces muertos en los ríos Llerana y Pisueña, y un ecosistema que tardará años en recomponerse.

Pero tan repugnantes como ese vertido han sido algunas reacciones. Las redes sociales –estercolero digital donde todos nos creemos peritos– han escupido sus habituales espumarajos. Entre quienes pedían castigos ejemplares se han colado los defensores del ganadero, justificándolo con el argumento de que gracias a su trabajo comemos carne los «pisapraos de fin de semana». Es la gran mentira de la sobreinformación cuando pretende enfangar la verdad.

Con los incendios sucede lo mismo. A fuerza de repetir el bulo de que «ecologistas y comunistas han prohibido desbrozar los montes», algunos ya lo consideran dogma. Nadie se ha molestado en investigar que la Ley de Montes –de 2003, bajo el gobierno de Aznar– obliga a desbrozar al menos una vez al año y a mantener 25 metros sin vegetación alrededor de viviendas e infraestructuras. ¿Para qué informarse, si se valora tanto la ignorancia?

Parecida manipulación, pero con miedo, se dio en Cartes. El centro de menores extranjeros fue convertido en arma ideológica. El tiempo desmontó el relato, porque de los dieciocho chavales que han pasado por allí, ninguno ha dado problemas, cuatro viven ya de forma independiente y seis trabajan: la realidad es más limpia que quienes intentan contaminarla.

¡Ah, se me olvidaba! La tierra es redonda.

martes, 21 de julio de 2026

ANATOMÍA DE UNA IMAGEN (22 de julio de 2026)

El Diario Montañés, 22 de julio de 2026

Salir en las fotos mola. Alfonso Guerra lo entendió antes que nadie y dejó para la posteridad aquella sentencia de aire militar: «El que se mueva, no sale en la foto». Y no era broma. Quería un partido estático, dócil, sin sobresaltos ni disidencias. Bien es cierto que hay imágenes que el paso del tiempo, con su juicio implacable, convierte en incómodas (véase la del trío de las Azores, que no era ningún conjunto musical, aunque la decisión bélica de sus integrantes armara mucho ruido y produjera gran dolor). Pese a ello, todos conocemos a personas que no pueden pasar desapercibidas y si pudieran serían «la novia en la boda, el niño en el bautizo y el muerto en el entierro». Donald Trump encabeza esa categoría.

Tras difundir una imagen suya –fabricada por inteligencia artificial– en la que aparecía cual Jesucristo sanando a un enfermo, era previsible que aspirase a figurar en la fotografía de la celebración de España. Y como aquello no era una cumbre de la OTAN, con marcas en el suelo para que cada cual sepa dónde plantarse, la escena fue un experimento antropológico: Trump pretendió apropiarse del escenario, convencido de que el trofeo, los jugadores y hasta el césped no eran más que un atrezo para su lucimiento personal. Zanahorio de tupé, fondón de cuerpo, traje azul y corbata roja –como la corporativa del Banco Santander– intentó situarse en el centro del encuadre. Pero Rodri, el gran capitán, con personalidad y paciencia, logró que se desplazara al extremo derecho, en consonancia con su pensamiento político. Allí quedó inmortalizado, flanqueado por la sonrisa servil de Infantino, prueba de que en su ecosistema el afán de protagonismo no es un accidente, sino una patología.

Y menos mal que no ganó Argentina ni estaba Milei, porque entonces… ¡Ay, entonces!

 

martes, 14 de julio de 2026

HIJOS DE LA PATRIA (15 de julio de 2026)

 

El Diario Montañés, 15 de julio de 2026

La exaltación patria se refuerza cuando nuestro país participa en un campeonato del mundo de fútbol. En 2010 el orgullo de ser español alcanzó límites insospechados. Recuerdo una entrevista televisiva, en aquellos tiempos del tiquitaca triunfal, en la que un amigo, puro ardor patriótico, manifestaba: «Yo me la pondría». Fue su contestación a una reportera que le preguntó si se atrevería a pasear vestido con la camiseta de la selección española por la Gran Vía de Bilbao.

Años más tarde, Mariano Rajoy, entonces presidente nacional, corroboraba con particular verbo ozoriano que España era «una gran nación y los españoles muy españoles y mucho españoles» (imposible redundancia más precisa). Quizá por ese desparpajo lingüístico, ahora que ya no es presidente tiene una columna periodística en la que comenta los partidos de la roja –denominación que le gusta poco–, y sus reflexiones resultan inmensurables para quienes gozamos del asombro literario. En la última escribió que Francia tiene una selección de fútbol «de un altísimo nivel, eso sí, sin franceses», afirmación que pudo nacer de un rincón de su cerebro donde el humo de los puros se deshilacha en ocurrencias de otra época.

Sin pretenderlo, anticipaba un fenómeno que, de proseguir el éxodo sanitario, puede acrecentarse, porque algunos de nuestros médicos cruzan la frontera en busca de estabilidad y de un buen sueldo, independiente de tantas peonadas, agotadoras para ellos y muy peligrosas para los pacientes. Nuestro ex ha podido vislumbrar una situación que en veinte años podría agravarse. Tan solo es necesario que los hijos de nuestros médicos tengan la calidad futbolística suficiente para ser seleccionados por Francia. Entonces sí, una selección «sin franceses», pero con cántabros de segunda generación, podría levantar la Copa del Mundo.

Mientras, aquí nos preguntaríamos qué es lo que hicimos mal para que se nos fueran.

martes, 7 de julio de 2026

¿QUÉ TIENE FELISA? (8 de julio de 2026)

 

El Diario Montañés, 8 de julio de 2026

Llevo años manteniendo que los índices de lectura flojean y que las nuevas generaciones no recogen el testigo lector con entusiasmo. Las ventas a la baja en las ferias del libro ratifican mi pensamiento –precisamente, esa ha sido una de las causas de la destitución de Eva Orúe, directora de la feria de Madrid–. Sin embargo, Felisa está decidida a contradecirme, como si tuviera un resorte que la lanza hacia arriba mientras las demás se desploman.

La feria del libro de Santander se ha convertido en un pequeño milagro que durante diez días transforma la Plaza Porticada –espacio alzado del suelo sobre las cenizas del incendio y reconstruido con frío estilo neoclásico– en Plaza de la Palabra. Un lugar donde la ideología de posguerra pretendió perpetuar en construcciones con piedra otra larga noche de piedra, y que paradójicamente se desborda de libertad, diversidad y diálogo.

El equipo de La Vorágine lleva años insuflándole a Felisa un aire propio que aclara pulmones y devuelve a la ciudadanía la sensación de que el espacio público, además de para presentar libros, sirve para convivir. La gente responde con su presencia y, esa es otra, con compras.

Esta edición traía la controversia incorporada, pero Felisa, lejos de salir herida, ha salido reforzada en el sentido que señala el psicólogo Ed Tronick, cuando sostiene que el conflicto es esencial para el crecimiento personal.

Confieso que mantengo las mismas certezas negativas con respecto al futuro lector, pero esta feria enciende una tenue luz de esperanza. Desconozco si es un oasis pasajero o un retoñar de las hojas de los libros en un intento de reverdecer los índices de lectura. Poco importa. Prefiero instalarme en la fértil certidumbre de que en esta ocasión la calidez de la literatura le ha ganado la partida al desafecto lector.