El Diario Montañés, 8 de julio de 2026
Llevo
años manteniendo que los índices de lectura flojean y que las nuevas
generaciones no recogen el testigo lector con entusiasmo. Las ventas a la baja en
las ferias del libro ratifican mi pensamiento –precisamente, esa ha sido una de
las causas de la destitución de Eva Orúe, directora de la feria de Madrid–. Sin
embargo, Felisa está decidida a contradecirme, como si tuviera un resorte que
la lanza hacia arriba mientras las demás se desploman.
La
feria del libro de Santander se ha convertido en un pequeño milagro que durante
diez días transforma la Plaza Porticada –espacio alzado del suelo sobre las
cenizas del incendio y reconstruido con frío estilo neoclásico– en Plaza de la
Palabra. Un lugar donde la ideología de posguerra pretendió perpetuar en construcciones
con piedra otra larga noche de piedra, y que paradójicamente se desborda de
libertad, diversidad y diálogo.
El
equipo de La Vorágine lleva años insuflándole a Felisa un aire propio que aclara
pulmones y devuelve a la ciudadanía la sensación de que el espacio público, además
de para presentar libros, sirve para convivir. La gente responde con su presencia
y, esa es otra, con compras.
Esta
edición traía la controversia incorporada, pero Felisa, lejos de salir herida, ha
salido reforzada en el sentido que señala el psicólogo Ed Tronick, cuando
sostiene que el conflicto es esencial para el crecimiento personal.
Confieso
que mantengo las mismas certezas negativas con respecto al futuro lector, pero esta
feria enciende una tenue luz de esperanza. Desconozco si es un oasis pasajero o
un retoñar de las hojas de los libros en un intento de reverdecer los índices
de lectura. Poco importa. Prefiero instalarme en la fértil certidumbre de que en
esta ocasión la calidez de la literatura le ha ganado la partida al desafecto lector.
