El Diario Montañés, 3 de junio de 2026
En
la medida de lo posible, cada vez que tengo un acto o un trabajo importante
procuro controlarlo todo. Bien es cierto que con la edad es preciso redoblar las
precauciones mínimas, porque con el paso del tiempo, además, voy perdiendo
capacidades muy necesarias. Por eso hay situaciones que no alcanzo a comprender.
Si ya me desquicio cuando, pongamos por caso, recibo un libro con algún defecto
de encuadernación, aunque solo yo lo vea, podéis imaginar mi indignación si tengo
que armar un mueble y falta alguna pieza de tornillería. Entonces lamento la
erosión que han sufrido los controles de calidad, porque según parece resulta
más barato repetir un producto mal acabado que contratar personal competente para
su manufactura y posterior revisión.
Está
sucediendo más de lo deseado, y no solo en cuestiones materiales sino –y esto
es lo más preocupante– en lo moral y lo cívico. El problema solo suele exteriorizarse
cuando el fallo alcanza repercusión mediática, pero hay una raíz más profunda
que se alimenta de la chapuza, la dejadez y la ausencia de responsabilidad: es
la idea tan extendida de que «todo vale», porque la excelencia parece un lujo
innecesario. Y ahí está el mayor peligro, en una renuncia continua que puede terminar
conformando nuestra esencia colectiva.
En
el último desfile militar del pasado fin de semana en Vigo, la bandera nacional
cayó del mástil cuando apenas había alcanzado la mitad de su recorrido, posiblemente
porque alguien se olvidó de darle la última vuelta a un tornillo. Me pareció la
metáfora perfecta para retratar un tiempo en el que tampoco solemos revisar
nuestros actos con una última comprobación que sostenga lo que somos. Porque
precisamente esa vuelta final puede ser decisiva para que no nos desplomemos
como sociedad ante el vendaval de mediocridad que amenaza en lontananza.
