martes, 30 de julio de 2024

LAS DESCARTADAS (31 de julio de 2024)

 

El Diario Montañés, 31 de julio de 2024


Apenas han comenzado las olimpiadas y siento agujetas mentales. Diría incluso que físicas, pues es cansado permanecer en el sofá soportando el bochorno veraniego, aunque pueda cambiar de un deporte a otro con tan solo seleccionar una tecla del mando. Confieso que en ocasiones me he confundido, como Dinio con la noche, porque en el duermevela de la digestión, placentero pero peligroso cuando se exige atención, he llegado a mezclar tenis, fútbol, balonmano, baloncesto, gimnasia, judo, natación, vóley playa… en un ‘totum revolutum’ en el que, si bien pude perder la noción del deporte que estaba viendo, nunca dudé cuáles eran los colores patrios que debía defender. ¡Qué satisfacción cuando ganamos! ¡Qué desconsuelo si perdemos! Todo lo siento como propio, por más que haya listillos que digan que manifestar que hemos ganado cuando vemos un deporte es como decir que hemos follado cuando vemos pornografía. Deberían saber que el deporte siembra más sentimientos de empatía con la patria que muchos discursos políticos.

Los que se están embrollando frecuentemente son los comentaristas deportivos. Tantas horas hablando los lleva a morir por la boca, como el pez, porque quien mucho habla mucho yerra. El catalán Amat Carceller confundió, durante la retransmisión televisiva de un partido de hockey hierba, a la princesa Leonor y a la infanta Sofía con las jugadoras descartadas por el seleccionador. Otros tienen problemas gramaticales y emplean el «contra más» con una reiteración que hiere. Y luego los hay que se vienen arriba con el manejo de términos en inglés hasta el punto de rozar el ridículo y manifestar que Rafa Nadal «tuvo clara su participación en dobles, pero no así en ‘singles’».

Vuelvo a la competición: dicen que nuestro país puede ganar más medallas que en cualquier olimpiada anterior. Seguirá contando con mi total apoyo desde el sillón.

martes, 23 de julio de 2024

NO NOS CUENTEN MILONGAS (24 de julio de 2024)


 El Diario Montañés, 24 de julio de 2024

Cuando paseas por la capital de Cantabria te enfrentas a la visión de un turismo que impresiona. Al menos a quienes nos acercamos desde el pueblo, que quedamos boquiabiertos ante tanto ajetreo por las calles, los espectáculos en cada esquina y las multitudes moviéndose de un lugar a otro, gran parte con un helado u otras consumiciones en la mano. Porque la semana grande ha logrado, además de ofrecernos bullicio por doquier, hacernos nómadas alimenticios en busca de un banco para enfrentarnos sentados a la pitanza, o de un basurero para depositar los restos de esa alimentación acelerada. Santander estaba este pasado domingo desbordada, como Castro Urdiales, Laredo, Santillana, Comillas, San Vicente de la Barquera… Nos hemos convertido en destino turístico de primer orden, aunque la hostelería no logre el lleno total por el daño que le están haciendo los pisos turísticos ilegales.

Si les digo la verdad, como soy bastante aprensivo llegué a sentir vértigo solo con pensar en la posibilidad de que un mínimo porcentaje de los paseantes necesitara acudir al hospital por una urgencia repentina. Se me pusieron los vellos de punta. «Eres muy negativo», dijo mi compañera, «la riqueza que genera este movimiento es vital para nuestra región». No lo dudé entonces, ni lo dudo ahora. Pero deberíamos ir pensando en implantar algún impuesto al turismo (nunca pensé que llegaría a proponerlo) que luego repercuta en nuestra Sanidad para reforzarla, o en los servicios de agua y basura, por poner algunos ejemplos de sobreexplotación estival. Eso tendría que plantearse ya nuestro gobierno regional. Porque sin médicos rurales, y con las urgencias colapsadas, no sirve habilitar jardines en los hospitales para disfrute público, ni cubrir con mínimas contrataciones los puestos que faltan. A no ser que, más que con soluciones reales, interese aparecer en la prensa contando milongas.

martes, 16 de julio de 2024

MORIR DE ÉXITO (17 de julio de 2024)


 El Diario Montañés, 17 de julio de 2024

Todas las calles parecen del sur de España. Abundan las terrazas, en un avance de lo privado que arrincona lo público. No hay lugar para los bancos de reposo. Quien quiera sentarse, tendrá que consumir. Hay ofertas de paellas, pizzas, hamburguesas, comida para llevar. «Se necesitan camareros», se lee en algunos carteles. «No hay servicio de terraza», anuncian casi todos los bares. Sin ese servicio, cuando se consigue asiento la mesa está repleta de los restos de consumiciones anteriores.

Estoy en una localidad de la costa cántabra cuyo nombre prefiero no desvelar (hay más así). Me han llamado para que acuda a un programa de radio que se emite desde la terraza de un bar. Mi mujer, mientras me entrevistan, pide una mini caña de cerveza. Recalco lo de mini. Cuando termina, llama al camarero. La conversación, aunque parezca surrealista, es real: «¿Cuánto le debo?», pregunta. «Dos sesenta». «¿Me puede dar el ticket?». «El ticket, ¿a qué se refiere?». «La nota, el resguardo de caja, el detalle de la consumición». El camarero se retira confuso. Ya en el interior pregunta al que debe ser el dueño, quien por los gestos también parece dudar. Tras un intercambio de palabras, el camarero regresa. «Perdone», dice, y al tiempo le entrega la nota junto con veinte céntimos: «Eran dos con cuarenta. Ha sido un error». Ave de paso, cañonazo.

La tarde trae una suave brisa marítima que «invita a la rebeca». Tengo la sensación de que, si seguimos así, podemos morir de éxito. Este clima tan suave, estos turistas tan numerosos, estos precios tan altos, algunos hosteleros tan poco profesionales… Con la caja de los tres meses de verano vivirán todo el año. Y esperarán el próximo con los dedos cruzados para que nuestra tierra infinita siga atrayendo al turismo. Pese a todo.

martes, 9 de julio de 2024

CULTURA CONTRA LA INTOLERANCIA (10 de julio de 2024)


 El Diario Montañés, 10 de julio de 2024

Aún hay esperanza mientras los libros sigan compitiendo con los días de playa, los de lluvia o las prórrogas de fútbol. Felisa está siendo ejemplo de ello. Algo tiene esta feria del libro de Santander cuando es capaz de superar todas esas adversidades. Quizá sea el atractivo mágico de la palabra crítica: escrita, hablada, recitada o cantada. En la Porticada hay libros, por supuesto, y espectáculos, opinión plural, convivencia, ambiente de libertad cultural. Y hay libreros y editores conviviendo en un lugar abierto, pero seguro, antes de volver a la inseguridad de un negocio que lleva demasiado tiempo caminando sobre el alambre del abandono lector por parte de las nuevas generaciones… y de otras muchas amenazas. En Felisa hay también público, mucho público, que pasea, comenta, hojea y compra –eso es muy importante–, dentro de un escenario festivo, como demostración palpable de que en la buena cultura no cabe el aburrimiento. La cultura ofrece, además, garantías de buen criterio en estos tiempos donde tanto escasean el sentido común y la opinión reposada («no te preocupes por los exabruptos insultantes que abundan en las redes; eso no es opinión: algo que nace del anonimato cobarde, no puede serlo», me tranquilizaba recientemente mi hijo).

Por suerte, parece que la feria ha llegado para quedarse y que se consolida año tras año. La palabra y la música han ocupado el lugar que antes ocupara el Festival Internacional de Santander con música y teatro. Eso hace de este espacio porticado una especie de hospital de reposo para los profesionales del libro, del que seguro saldrán (saldremos) con las fuerzas restablecidas para continuar afrontando las dificultades diarias de unos oficios nobles que se resisten a desaparecer. De momento se ha convertido en recinto que protege la paz y la palabra de la peligrosa intolerancia.

martes, 2 de julio de 2024

LIBREROS Y EDITORES (3 de julio de 2024)

 

El Diario Montañés, 3 de julio de 2024

Llevar muchos años en el negocio del libro –veinte como comercial y otros veinte como editor– me permite adquirir una perspectiva amplia para comprender algunos problemas del sector. Durante ese periodo, la concepción del mundo, en general, y de los negocios, en particular, ha cambiado tanto que es difícil de asimilar.

En la reconversión industrial de los ochenta, algunos desahuciados por sus empresas abrían librerías aprovechando la indemnización del despido. Imaginaban en ellas un negocio próspero, pero la crisis estaba ahí, aunque no quisiéramos verla, y fue llevándose por delante escaparates que ofrecían productos poco atractivos para un público que comenzaba a dar la espalda al libro.

Se extinguieron muchas en Cantabria. Les sucedía lo mismo que le había ocurrido al pequeño comercio, engullido por las grandes superficies. En esa caverna moderna (según Saramago), la sociedad no sentía ninguna necesidad de cercanía, ni en la calle ni en el trato comercial. Y la red de Internet –monstruo comercial por excelencia– crecía fagocitando los cierres que ella misma propiciaba.

En lo que respecta al libro, los tentáculos de ese monstruo son tan poderosos que, a modo de ejemplo, Amazon vende libros de Valnera sin que se los faciliten sus distribuidores ni la propia editorial. Y su dominio es tan grande que en 2021 causó la falta internacional de cartón, ocasionando que algunos editores no pudiesen publicar libros en tapa dura.

Apoyo, de principio a fin, las palabras que Luis Lisaso, presidente de Librerías Asociadas de Cantabria, expresó en este periódico el pasado domingo. Con un añadido importante: en esta batalla tenemos la necesidad de unirnos entre pequeños. Nuestros libros deben estar bien representados en las librerías de cercanía que él defiende, porque, si bien las editoriales modestas no somos apenas nada sin ellas, no es menos cierto que ellas, sin nosotros, pierden buena parte de su sentido de proximidad.

Ese espíritu de colaboración tenemos que mostrarlo ya en la próxima feria del libro de Santander. Su celebración no debería traer enfrentamientos ni gravámenes especiales. Máxime cuando está financiada con dinero público.