En
verdad, vivimos en un país que, por polarizado, está en crispación constante.
Eugenio lo expresó en un chiste en el que al saludo de «buenos días» de un
ciudadano, otro le contestaba «pues mira que tú».
Las
redes sociales no están teniendo el efecto educativo que se las suponía en un principio,
porque muchos poderes han elegido el peligroso camino del bulo, el
adoctrinamiento y los ataques personales para defender unos intereses
interesados que crecen mejor sembrando en terrenos de ignorancia. Es paradójico
que, teniendo toda la información del mundo a nuestro alcance, ahora seamos más
vulnerables que nunca al engaño, quizás porque resulta más fácil manipular una
emoción que debatir un dato. Y como quiera que, por un falso concepto de
democratización, cualquiera puede manifestar sus opiniones, por dañinas que
sean, nos vemos inmersos en un vecindario –aldea global– tan cotilla como
agresivo. Basta con leer los juicios de algunas personas en los periódicos
considerados serios –con los que recoge la prensa deportiva se podría elaborar
una tesis sobre el odio partidista en el deporte (de la ortografía utilizada es
mejor no hablar)– para darse cuenta de que hay gente que opina a diario, según
parece, más que para mantener una idea, para derrotar las de los demás. Para
más inri, lo hacen escondidos en seudónimos que preservan el anonimato. Qué
fácil resulta tirar la piedra y esconder la mano. Lo que debería haber sido una
oportunidad para el diálogo, suele convertirse en un asedio.
Hoy
miércoles se abre un nuevo tiempo de encono, que no de debate. Se desclasifican
algunos papeles del 23F, ¡45 años después!, y sus datos no se usarán para
entender la historia, sino para convertirlos en armas arrojadizas. Será la hora
estelar de políticos mediocres y francotiradores digitales. Arderán las redes.
Al tiempo.







