En
nuestra Cantabria Infinita –la que imaginó Marcano, consciente de la fuerza que
tienen los nombres cuando se aplican a las ideas– conviven con naturalidad la
cultura y el turismo; el paisaje y el paisanaje; la gastronomía y las
costumbres, que no dejan de ser también cultura.
Pensaba
en ello el pasado domingo, sumido en la hondura pasiega, mientras contemplaba
al frente los montes imponentes y desnudos del Miera, Merilla arriba. Estaba en
una cabaña que el ímpetu joven ha convertido en un lugar amable donde se catan
quesos tradicionales bautizados con el nombre de quienes los elaboran –de
nuevo, la importancia de nombrar–. Allí, las cosas siguen siendo como eran:
aroma, color y sabor. Innovan la presencia, sí, pero respetan los tiempos del ‘lleldar’,
que es fermentar.
Quizá
por encontrarme cerca de la majestuosidad de Castro Valnera recordé el proyecto
cultural que iniciamos hace ahora veinticinco años. Como el monte pasiego,
pretendía mirar a Cantabria sin descuidar Castilla, a la espalda, y por
extensión a España. Preservar lo tradicional, sobre todo en el continente: el
mejor papel, los pliegos cosidos al hilo vegetal. Apostar por la innovación sin
renunciar a lo esencial. Por eso, mientras el sol se retiraba, pensé que
Cantabria sigue necesitando esa doble mirada: la que honra lo heredado y la que
imagina lo que aún no existe. Y que la edición, como los quesos, también
requiere tiempo, paciencia y manos que conozcan el oficio.
En
su día, el propio Marcano –ay, gran amigo– me denominó «editor de sueños».
Hermosa paradoja, si solo sueño cuando piso firme. Seguiremos defendiendo lo
que permanece y alentando lo que empieza. Con la convicción de que los sueños
bien encuadernados, como el queso bien ‘lleldado’, no se improvisan: se
trabajan para que encuentren su espacio en el paisaje cultural.

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