El Diario Montañés, 22 de abril de 2026
Confieso
que acabo de tirar a la papelera el artículo que ya tenía escrito. Hablaba en
él del Día del Libro y de todos los actos que se celebrarán mañana para ensalzarlo.
Pero el reposo nocturno de la almohada me ha llevado a la conclusión de que, al
igual que la paloma de Alberti, me equivocaba. Porque, aunque pueda parecer una
butade, el libro y la lectura no precisan exaltaciones para sobrevivir con más
fuerza, sino todo lo contrario: necesitan algún legislador valiente que, además
de prohibir su desmedida producción, persiga con dureza a los lectores hasta
convertirlos en prófugos.
La
superproducción de novedades está creando monstruos que poco o nada tienen que
ver con la buena literatura, con el único afán de crecer sobre el barro, sin orden,
ni pies ni cabeza. Además, hay que perseguir al lector para que las generaciones
nuevas vuelvan a sentir el placer de lo clandestino, como lo sintieron Eva y
Adán cuando probaron la fruta que estaba prohibida en el Edén (una lástima que
Dios los descubriera).
Una
ley seca para la lectura facilitaría el nacimiento de conciliábulos que
salvarían los mejores libros, aquellos cuyos mensajes enriquecedores deben
permanecer en el tiempo, ajenos a modas. La prohibición desarrollaría filtros
para quedarse con la literatura destilada, y desecharía los textos
peligrosamente groseros hasta ofrecer al lector un líquido limpio,
transparente, donde cada palabra ocupe su lugar preciso y forme frases con
aroma original.
Porque
cuando leer sea un acto perseguido, cuando haya que bajar persianas y hablar en
susurros para saborear un texto, quizás sintamos de nuevo ese temblor primigenio
que hoy se ha diluido entre tanta oferta vacía. Solo entonces, la lectura
volverá a ser un acto de resistencia y no un gesto de consumo. Y podremos recuperar
las esencias del libro verdadero.

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