Se
sabe por experiencia que las labores de mantenimiento, políticamente hablando, no
resultan productivas. El glamur de las inauguraciones cuando se cortan las
cintas, el calor del público, sus aplausos, la difusión en los medios… no se
pueden comparar con las oscuras tareas de conservación. Esos momentos de paseos
por una senda nueva, por un carril bici, por una zona ajardinada… ese goce que
produce decirle al ciudadano que «hemos» recuperado algo para su uso y disfrute
personal, no tienen precio –por eso resultaría prosaico hablar de sobrecostes
en tales ocasiones–. Hay, incluso, quienes guardan, como valioso trofeo, las
tijeras del acto y un trozo de cinta, que suele estar fabricada con telas de
poliéster de alta calidad y habitualmente reproduce los colores de las banderas
estatales, autonómicas y municipales. Cuantos más fragmentos colgados en la
pared, cual divisas ganaderas, mayor mérito gestor. Todo eso lo inauguré yo,
parecen querer decir.
En
Cantabria, tras la tragedia de El Bocal, han cambiado las tornas, y las cintas también
han variado su función. Se utilizan para cerrar –balizar, lo llaman– y advertir
de los peligros que ha generado nuestra «muelle dejadez», corroyendo gran parte
de aquello que antes inaugurábamos a bombo y platillo. Los materiales no son ya
de poliéster de alta calidad, mucho menos de satén; ahora son de politeno, que así
se llama técnicamente el plástico común, el de las bolsas de basura. Resultan
muy económicas, se pueden personalizar y su función principal consiste en eximir
a las administraciones de cualquier responsabilidad si algún inconsciente no
las respeta y se atreve a traspasarlas.
Esta
Semana Santa la región ofrece a los turistas un atractivo más: poder descubrir
paso a paso nuestro particular viacrucis de espacios balizados. Sin coste
añadido. Algo muy de agradecer en estos tiempos de galopante inflación.

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