El Diario Montañés. 2 de septiembre de 2026
Hay
noticias que, por absurdas, no parecen ciertas. Algunos papardos, esos turistas
que proliferan atraídos por el buen tiempo de Cantabria, han denunciado que
Bárcena Mayor está llena de coches. Dicen que los vecinos también deberían
aparcar en las afueras –«a nosotros nos obligan a hacerlo; un grupo de
habitantes del pueblo nos cobran y, cual bandoleros modernos, prohíben el paso
hacia la población»–. Otros, una vez en el pueblo, no soportan que los perros anden
sueltos, ¡habrase visto!, con lo molesto que resulta compartir paseos
temerosos, manteniendo una mirada prudente de reojo, por si las moscas.
Por
cierto, hablando de moscas, a la mayoría le perturba su incomoda presencia en
terrazas o comedores, rebotando en los cristales durante las claras tardes estivales.
A Machado le evocaban todas las cosas, pero a ellos les resultan insufribles,
como si la naturaleza en sí fuese una molestia.
El
refrán de «a dónde fueres, haz lo que vieres» lo sustituyen por «donde pago,
cago». Creen que el dinero es un bálsamo capaz de reducir hasta los insectos. A
este paso, habrá pueblos que, si siguen entregados a sus gustos para preservar
los ingresos turísticos, asfaltarán las calles empedradas buscando mayor
comodidad. El visitante, se sabe, prefiere parques temáticos con caminos lisos,
perros atados y moscas serenas.
Pero
no hace falta subir hasta Bárcena Mayor para topar con lo asombroso. ¿Imagináis
que ante una emergencia el conductor de la ambulancia llegase drogado y
borracho? Pues en Santander ha sucedido: un conductor se fugó tras golpear a
una motocicleta y tirar al suelo al motorista y, hasta su detención, atravesó
la ciudad perseguido por la policía, ofuscado por una mezcla de alcohol y
sustancias tóxicas. De haber necesitado su servicio, habría sido peor el
remedio que la enfermedad.
Líbrenos
Dios de tanta insensatez veraniega.
