martes, 25 de agosto de 2026

LA MALA EDUCACIÓN (26 de agosto de 2026)

 

El Diario Montañés, 26 de agosto de 2026

Si no me lo hubiera relatado una persona fiable, la historia, por rocambolesca, resultaría difícil de creer. Pongámonos en situación: aparcamiento de un supermercado; un padre, con un niño de unos cuatro años en brazos, dirigiéndose al coche para salir hacia casa tras realizar las compras; la negativa enrabietada del pequeño, que no quiere viajar en el asiento trasero, reservado para los de su edad; el padre intentando razonar con el niño, «Luisito –digamos que se llamaba así– tienes que ir sentado en tu sillita. Es muy peligroso no hacerlo porque si papi frena te puedes lastimar. Fíjate qué disgusto nos darías a mami y a mí». El crío, que sigue negándose, «no quiero, no quiero y no quiero», añade al llanto un pataleo incontrolable. Al padre se le complica la situación. No puede sentar al niño ni colocar la compra en el maletero.

En condiciones normales, la historia que me contaba esa persona de total confianza debería haber terminado aquí, pues ella, que había aparcado para comprar en el supermercado, abandonó la escena para hacerlo. Sería lógico que cuando saliera, padre e hijo hubiesen marchado ya. Pero no. Se topó con una situación aún más estrambótica que la de la llegada: papi había llamado a mami para que con una videollamada convenciera a Luisito de la conveniencia de colocarse «como te dice papi; anda, bonito, que cuando llegues a casa mami te va a dejar jugar todo lo que quieras con el teléfono, como a ti te gusta». Pero Luisito no daba el brazo a torcer y continuaba, erre que erre, negándose.

Mi confidente abandonó el aparcamiento sin saber cómo terminó todo.

Sospecho que, de seguir así, ya de mayor, y para evitar tales arrebatos, mami y papi podrían prometerle a Luisito cualquier coche deportivo de alta gama.   

martes, 18 de agosto de 2026

AMBIENTES DE UNA MISMA CIUDAD (19 de agosto de 2026)

 

El Diario Montañés, 19 de agosto de 2026

En verano Lines y yo solemos bajar poco a Santander –los del pueblo siempre decimos que «bajamos» a la capital–. Pese a que la ciudad tienta con más atractivos que nunca, cuando lo hacemos nos asalta una inevitable sensación de tumulto.

El domingo, sin embargo, acudimos por tercera vez a la Feria del Libro Viejo. Nos gusta rastrear rarezas bibliográficas, aunque personalmente descubriera, ¡ay!, que las estanterías ya albergaban algunos libros que escribí pronto hará tres décadas. Entre las adquisiciones de esta edición figuran un álbum de 1955 sobre la historia del Quijote, de Chocolates Lloveras –veinticuatro páginas grapadas y doscientos cuarenta cromos–; un librito infantil de Nazario de Casia (pocos saben que así firmaba Emilio Pascual en sus comienzos literarios); y, por supuesto, quince ejemplares de diversas colecciones de Araluce que Paco Roales, conocedor de mi interés, había rescatado.

En verdad, la feria estaba muy concurrida, pero en todas las conversaciones se apreciaba un tono casi reverencial; ese ambiente reservado a quienes todavía guardan respeto por el papel.

Nos dirigimos después al Sardinero, a la Plaza de Italia, a tomar el pulso a la noche. Eran las nueve y, como el dinosaurio de Monterroso, el gentío todavía estaba allí. Niñas alegres apoyaban sus teléfonos en los ventanales del Gran Hotel para grabarse bailando vídeos de TikTok. Multitud de jóvenes, vistiendo la camiseta del Racing, buscaban bancos donde dar buena cuenta de las hamburguesas del Burger King. Turistas en chanclas y bermudas, que bien podrían ser –aunque allí no lo parecieran– altos directivos de multinacionales. Y, por el suelo y entre los setos, servilletas de papel, vasos de cartón y envoltorios con restos de pizza en espera de que los servicios de limpieza retomaran el lunes su trabajo de Sísifo.

Allí le daban al papel un uso prosaico.

 

martes, 11 de agosto de 2026

CUÁNTO MEJOR UNA CALLE (12 de agosto de 2026)

 

El Diario Montañés, 12 de agosto de 2026 (foto Roberto Ruiz, DM )

Tener dedicada una estatua puede resultar arriesgado porque no siempre se guardan las precauciones mínimas: respeto al parecido con el modelo, elección del espacio o la altura de su colocación.

En Santander, por ejemplo, la de Gerardo Diego, impecable en cuanto al parecido, se instaló mirando a la bahía –un acierto–, pero obligando al poeta a contemplar a perpetuidad la Peña Cabarga y el «pirulí de La Habana», que tanto detestaba. Y sedente, a la altura perfecta para que cualquier joven pueda colocarse a horcajadas sobre la efigie y hacerse una foto pícara emulando la posición de la amazona.

La de Concha Espina acaba de reubicarse en los jardines de Pereda, aseada, porque el paso del tiempo y su situación –en un lugar propicio para descargar aguas menores– habían mancillado su lozanía. Este mes se cumplirán ciento dos años de la colocación de la primera piedra, de modo que ya hace dos que podíamos haber accedido a la cápsula del tiempo que se enterró junto a ella. Contenía periódicos locales, monedas de la época, ediciones de sus obras y un sobre autógrafo en el que la escritora advertía: «Por ninguna causa ni motivo debe leerse antes de un siglo». Pero, por descuido, ignorancia o dejadez, en alguno de los varios traslados que sufrió desde entonces nadie recogió la cápsula. Y se perdió, llevándose con ella un secreto que puede estar enterrado en cualquier vertedero de obras.

La de Seve Ballesteros, tras su robo y descuartizamiento, regresará en septiembre a Pedreña, restaurada; pero continúa tan diferente al modelo que parece haber nacido tras un proceso en que la admiración se impuso a la destreza.

Visto lo visto, nadie debería sorprenderse de que el alcalde de Meruelo prefiera poner su nombre a una calle. Refleja un acto de prudencia.

¡Qué listo!

lunes, 3 de agosto de 2026

LA IMPORTANCIA DE LO BANAL (5 de agosto de 2026)

 
El Diario Montañés, 5 de agosto de 2026

En julio y agosto abundan las noticias distendidas, típicas de un tiempo vacacional en el que los becarios llenan las redacciones periodísticas con escritos de sorprendente levedad. Pero este año, entre juicios, incendios, compraventa sospechosa de áticos, invasiones fronterizas o asesinatos machistas, no las he encontrado con la facilidad de antaño.

La pasada semana, sin embargo, cayó en mis manos una de esas informaciones. Expertos en la materia aseguraban que tirarse entre 12 y 25 pedos al día le viene bien al pedorrero en cuestión. Tal beneficio añade un nuevo recuento a los ya conocidos de los 10.000 pasos, los 8 vasos de agua, las horas recomendables de sueño, y otras medidas necesarias para llevar una vida saludable.

Entonces pensé que podría haber un contador de pedos, como hay de pasos. Y si averiguara al mismo tiempo la calidad de su fragancia, miel sobre hojuelas, porque esos mismos peritos dicen que cuando las ventosidades siempre son pestilentes es señal de que algo está mal y podría asociarse a fibromialgia, colon irritable, fatiga, depresión…, ya que parece que el desequilibrio de las bacterias intestinales se refleja en los gases que producen. Moraleja: cuando algo empieza a oler mal afuera es porque el interior ya no está bien.

He leído el artículo al modo clásico, apoltronado en la taza del váter. Pero he echado de menos algunas alusiones literarias, del tipo de la conocida anécdota de Cela, quien, tras dejar escapar una ventosidad sonora, le dijo a una señora que se encontraba junto a él: «No se preocupe, señora, ya diré que he sido yo». O al ‘Poema al pedo’, atribuido a Quevedo.

Pese a su banalidad, confieso que me sentí mejor leyendo esta invitación a peerse que otras noticias que me impulsan, directamente, a cagarme en todo lo que se menea.