martes, 2 de junio de 2026

TODO VALE (3 de junio de 2026)

 

El Diario Montañés, 3 de junio de 2026

En la medida de lo posible, cada vez que tengo un acto o un trabajo importante procuro controlarlo todo. Bien es cierto que con la edad es preciso redoblar las precauciones mínimas, porque con el paso del tiempo, además, voy perdiendo capacidades muy necesarias. Por eso hay situaciones que no alcanzo a comprender. Si ya me desquicio cuando, pongamos por caso, recibo un libro con algún defecto de encuadernación, aunque solo yo lo vea, podéis imaginar mi indignación si tengo que armar un mueble y falta alguna pieza de tornillería. Entonces lamento la erosión que han sufrido los controles de calidad, porque según parece resulta más barato repetir un producto mal acabado que contratar personal competente para su manufactura y posterior revisión.

Está sucediendo más de lo deseado, y no solo en cuestiones materiales sino –y esto es lo más preocupante– en lo moral y lo cívico. El problema solo suele exteriorizarse cuando el fallo alcanza repercusión mediática, pero hay una raíz más profunda que se alimenta de la chapuza, la dejadez y la ausencia de responsabilidad: es la idea tan extendida de que «todo vale», porque la excelencia parece un lujo innecesario. Y ahí está el mayor peligro, en una renuncia continua que puede terminar conformando nuestra esencia colectiva.

En el último desfile militar del pasado fin de semana en Vigo, la bandera nacional cayó del mástil cuando apenas había alcanzado la mitad de su recorrido, posiblemente porque alguien se olvidó de darle la última vuelta a un tornillo. Me pareció la metáfora perfecta para retratar un tiempo en el que tampoco solemos revisar nuestros actos con una última comprobación que sostenga lo que somos. Porque precisamente esa vuelta final puede ser decisiva para que no nos desplomemos como sociedad ante el vendaval de mediocridad que amenaza en lontananza.

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