El Diario Montañés, 17 de junio de 2026
Compruebo,
no sin cierta preocupación, que, aunque descreído, recurro en muchos de mis
artículos a referencias religiosas. Se debe, sin duda, a las enseñanzas
cristianas que regaron las raíces de nuestra infancia. Hoy reincido y comienzo
con el ejemplo de Pablo de Tarso. Según cuenta el ‘Nuevo Testamento’, Pablo
(Saulo) fue un sañudo perseguidor de los primeros cristianos, a los que apresaba
o mataba directamente sin ningún miramiento. Menos mal para ellos que se
convirtió, camino de Damasco, cuando, ante la aparición de Jesús, cayó a un
tiempo del caballo y de sus convicciones, y acabó siendo el «apóstol de los
gentiles». Actitudes de este tipo las considero como arrepentimientos evolutivos.
¿Y cuáles
serían, entonces, los arrepentimientos involutivos? Diría que son los que llevan
a cambiar a alguien hacia una postura radicalmente distinta, pero peor de la
que tenía. Pongamos por caso que una persona siempre «ha trabajado con
individuos de todos los orígenes y sin tener en cuenta su nacionalidad», que ha
creado, incluso, alguna asociación para protegerlos, pero que ahora, de la
noche a la mañana –antes que por una caída del caballo, quizá por querer seguir
encaramada en el machito político–, reniega de aquellas ideas porque piensa que
«nuestros barrios no pueden ser destinos de la inseguridad» que viene de la
mano de aquellos a los que antes protegía.
Ese
tipo de virajes, más que conversiones espontáneas, parecen un frío cálculo de
costes y beneficios. Y uno no sabe qué es más preocupante, si la facilidad con
la que algunos cambian de principios o la tranquilidad con la que esperan que
los demás olviden tales vaivenes. Al final, tanto en Damasco como en nuestros
barrios, no es tan difícil caer del caballo como los contorsionismos de
inmoralidad que hay que realizar para no bajarse de él.

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