El Diario Montañés, 9 de septiembre de 2026 (imagen generada por IA)
Lo
público y lo privado pueden mostrarnos la cara y la cruz del buen
funcionamiento. En el Centro de Arte Faro de Cabo Mayor, de gestión pública,
este fin de semana no funcionaba el ascensor, convirtiendo las escaleras en
barrera infranqueable para los visitantes de mayor edad. Tampoco los baños, tan
necesarios cuando el canal prostático se estrecha y su uso continuo resulta
apremiante.
Como
contraste, se acaba de inaugurar otro faro de arte, esta vez privado, que ha
contado para su puesta en marcha con todos los favores y parabienes de la cosa
pública. Y debo decir, antes que nada, que aplaudo la iniciativa, porque toda
luz que se enciende en una ciudad debe ser bienvenida. Pero convendría que ese
entusiasmo deslumbrado por lo privado no se sostuviera sobre el desamparo de lo
público.
Ocurre
con los recortes a la cultura y, en mayor medida, con nuestros centros de
salud. La sanidad pública es un faro firme cuya luz no discrimina por el
bolsillo. Sin embargo, algunos, tras los recientes convenios que están firmando
con otros hospitales, parecen caminar hacia una privatización que ya apenas se
molestan en disimular.
Recientemente
he permanecido casi cuatro horas en la sala de espera de un hospital para una
cita médica. Ante retraso tan excesivo, pregunté educadamente a una enfermera
si la demora se debía a alguna complicación del último momento. «Son los
problemas de la sanidad pública», me contestó. Y me pareció fatal que también
desde dentro se contribuya a debilitar los faros de lo colectivo, como si la
oscuridad fuese ya inevitable.
Sin
embargo, deberíamos tener claro que los cimientos de una sociedad cohesionada
encuentran mayor estabilidad sobre la base de lo común. Las luces privadas
alumbran solo a quienes pueden pagarlas; las públicas, si se cuidan, nos
iluminan a todos.

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