El Diario Montañés, 22 de julio de 2026
Salir
en las fotos mola. Alfonso Guerra lo entendió antes que nadie y dejó para la
posteridad aquella sentencia de aire militar: «El que se mueva, no sale en la
foto». Y no era broma. Quería un partido estático, dócil, sin sobresaltos ni
disidencias. Bien es cierto que hay imágenes que el paso del tiempo, con su
juicio implacable, convierte en incómodas (véase la del trío de las Azores, que
no era ningún conjunto musical, aunque la decisión bélica de sus integrantes
armara mucho ruido y produjera gran dolor). Pese a ello, todos conocemos a
personas que no pueden pasar desapercibidas y si pudieran serían «la novia en
la boda, el niño en el bautizo y el muerto en el entierro». Donald Trump encabeza
esa categoría.
Tras
difundir una imagen suya –fabricada por inteligencia artificial– en la que
aparecía cual Jesucristo sanando a un enfermo, era previsible que aspirase a figurar
en la fotografía de la celebración de España. Y como aquello no era una cumbre
de la OTAN, con marcas en el suelo para que cada cual sepa dónde plantarse, la
escena fue un experimento antropológico: Trump pretendió apropiarse del
escenario, convencido de que el trofeo, los jugadores y hasta el césped no eran
más que un atrezo para su lucimiento personal. Zanahorio de tupé, fondón de
cuerpo, traje azul y corbata roja –como la corporativa del Banco Santander– intentó
situarse en el centro del encuadre. Pero Rodri, el gran capitán, con
personalidad y paciencia, logró que se desplazara al extremo derecho, en
consonancia con su pensamiento político. Allí quedó inmortalizado, flanqueado
por la sonrisa servil de Infantino, prueba de que en su ecosistema el afán de
protagonismo no es un accidente, sino una patología.
Y
menos mal que no ganó Argentina ni estaba Milei, porque entonces… ¡Ay,
entonces!

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