El Diario Montañés, 29 de julio de 2026. Imagen Luis Palomeque
A
diferencia del dinero –religión que solo conoce el mandamiento de acumular–, la
mierda no tiene valor. Si lo tuviera, en frase atribuida a García Márquez, «los
pobres nacerían sin culo». Por eso algunos la reparten con alegría; la mierda,
digo. Como el ganadero que diseñó tuberías escondidas para vaciar los purines sobrantes
en el río, haciendo lo que otros cuando creen que nadie los vigila. Y el
resultado está ahí, pudriéndose en el cauce. Miles de peces muertos en los ríos
Llerana y Pisueña, y un ecosistema que tardará años en recomponerse.
Pero
tan repugnantes como ese vertido han sido algunas reacciones. Las redes
sociales –estercolero digital donde todos nos creemos peritos– han escupido sus
habituales espumarajos. Entre quienes pedían castigos ejemplares se han colado los
defensores del ganadero, justificándolo con el argumento de que gracias a su
trabajo comemos carne los «pisapraos de fin de semana». Es la gran mentira de
la sobreinformación cuando pretende enfangar la verdad.
Con
los incendios sucede lo mismo. A fuerza de repetir el bulo de que «ecologistas
y comunistas han prohibido desbrozar los montes», algunos ya lo consideran dogma.
Nadie se ha molestado en investigar que la Ley de Montes –de 2003, bajo el
gobierno de Aznar– obliga a desbrozar al menos una vez al año y a mantener 25
metros sin vegetación alrededor de viviendas e infraestructuras. ¿Para qué informarse,
si se valora tanto la ignorancia?
Parecida
manipulación, pero con miedo, se dio en Cartes. El centro de menores
extranjeros fue convertido en arma ideológica. El tiempo desmontó el relato,
porque de los dieciocho chavales que han pasado por allí, ninguno ha dado
problemas, cuatro viven ya de forma independiente y seis trabajan: la realidad es
más limpia que quienes intentan contaminarla.
¡Ah,
se me olvidaba! La tierra es redonda.

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