El Diario Montañés, 19 de agosto de 2026
En
verano Lines y yo solemos bajar poco a Santander –los del pueblo siempre
decimos que «bajamos» a la capital–. Pese a que la ciudad tienta con más
atractivos que nunca, cuando lo hacemos nos asalta una inevitable sensación de
tumulto.
El
domingo, sin embargo, acudimos por tercera vez a la Feria del Libro Viejo. Nos
gusta rastrear rarezas bibliográficas, aunque personalmente descubriera, ¡ay!,
que las estanterías ya albergaban algunos libros que escribí pronto hará tres
décadas. Entre las adquisiciones de esta edición figuran un álbum de 1955 sobre
la historia del Quijote, de Chocolates Lloveras –veinticuatro páginas grapadas y
doscientos cuarenta cromos–; un librito infantil de Nazario de Casia (pocos
saben que así firmaba Emilio Pascual en sus comienzos literarios); y, por
supuesto, quince ejemplares de diversas colecciones de Araluce que Paco Roales,
conocedor de mi interés, había rescatado.
En
verdad, la feria estaba muy concurrida, pero en todas las conversaciones se apreciaba
un tono casi reverencial; ese ambiente reservado a quienes todavía guardan
respeto por el papel.
Nos
dirigimos después al Sardinero, a la Plaza de Italia, a tomar el pulso a la
noche. Eran las nueve y, como el dinosaurio de Monterroso, el gentío todavía
estaba allí. Niñas alegres apoyaban sus teléfonos en los ventanales del Gran
Hotel para grabarse bailando vídeos de TikTok. Multitud de jóvenes, vistiendo
la camiseta del Racing, buscaban bancos donde dar buena cuenta de las
hamburguesas del Burger King. Turistas en chanclas y bermudas, que bien podrían
ser –aunque allí no lo parecieran– altos directivos de multinacionales. Y, por
el suelo y entre los setos, servilletas de papel, vasos de cartón y envoltorios
con restos de pizza en espera de que los servicios de limpieza retomaran el
lunes su trabajo de Sísifo.
Allí
le daban al papel un uso prosaico.

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