martes, 18 de agosto de 2026

AMBIENTES DE UNA MISMA CIUDAD (19 de agosto de 2026)

 

El Diario Montañés, 19 de agosto de 2026

En verano Lines y yo solemos bajar poco a Santander –los del pueblo siempre decimos que «bajamos» a la capital–. Pese a que la ciudad tienta con más atractivos que nunca, cuando lo hacemos nos asalta una inevitable sensación de tumulto.

El domingo, sin embargo, acudimos por tercera vez a la Feria del Libro Viejo. Nos gusta rastrear rarezas bibliográficas, aunque personalmente descubriera, ¡ay!, que las estanterías ya albergaban algunos libros que escribí pronto hará tres décadas. Entre las adquisiciones de esta edición figuran un álbum de 1955 sobre la historia del Quijote, de Chocolates Lloveras –veinticuatro páginas grapadas y doscientos cuarenta cromos–; un librito infantil de Nazario de Casia (pocos saben que así firmaba Emilio Pascual en sus comienzos literarios); y, por supuesto, quince ejemplares de diversas colecciones de Araluce que Paco Roales, conocedor de mi interés, había rescatado.

En verdad, la feria estaba muy concurrida, pero en todas las conversaciones se apreciaba un tono casi reverencial; ese ambiente reservado a quienes todavía guardan respeto por el papel.

Nos dirigimos después al Sardinero, a la Plaza de Italia, a tomar el pulso a la noche. Eran las nueve y, como el dinosaurio de Monterroso, el gentío todavía estaba allí. Niñas alegres apoyaban sus teléfonos en los ventanales del Gran Hotel para grabarse bailando vídeos de TikTok. Multitud de jóvenes, vistiendo la camiseta del Racing, buscaban bancos donde dar buena cuenta de las hamburguesas del Burger King. Turistas en chanclas y bermudas, que bien podrían ser –aunque allí no lo parecieran– altos directivos de multinacionales. Y, por el suelo y entre los setos, servilletas de papel, vasos de cartón y envoltorios con restos de pizza en espera de que los servicios de limpieza retomaran el lunes su trabajo de Sísifo.

Allí le daban al papel un uso prosaico.

 

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