El Diario Montañés, 16 de septiembre de 2026
Del
dicho al hecho suele haber un trecho tan grande que en ocasiones resulta, si no
inexplicable, al menos difícil de explicar. Por eso es complejo entender la diferencia
entre los datos que se obtienen en las encuestas y los que ofrece la realidad.
Tengo
para mí que en asuntos culturales, en general, y del libro, en particular,
mentimos por exageración cada vez que alguien nos pregunta, quizá porque la
cultura viste mucho (últimamente más que el sexo, porque, si nos fiamos de las
estadísticas, cotiza más al alza leer que coitar). Tal es así que en enero de
este año el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España, referido
a 2025, publicaba con satisfacción que «la lectura sigue creciendo como
actividad de ocio, especialmente entre la población más joven, ya que un 76,9%
de las personas de entre 14 y 24 años son lectoras, siendo este el sector de
población que más lee en nuestro país».
Pues
menos mal. Porque el Informe PISA –que evalúa las capacidades de jóvenes de
entre 15 y 16 años, edad en la que según el citado baremo deberían estar
leyendo a mansalva– nos acaba de mostrar la verdadera cara de la moneda: en el
apartado de la competencia lectora Cantabria baja 33 puntos. De lo que se
desprende la preocupante conclusión de que los jóvenes leen, sí, pero no se
enteran de nada, pues la competencia lectora consiste en «comprender, utilizar,
reflexionar y comprometerse con textos escritos».
Pese
a la sacudida, y como quiera que los números autonómicos no son tan desastrosos
como los nacionales, nuestra presidenta regional ha sacado pecho alegando que estos
resultados avalan la «solvencia» del sistema educativo cántabro y se sitúan
entre los mejores del país.
¿Conocen
ustedes aquello del mal de muchos…? Pues eso.

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