El Diario Montañés, 30 de septiembre de 2026
He
abierto una carpeta en mi ordenador para archivar infografías. Es un mundo
digital apasionante que ofrece al interesado paraísos que para sí quisiera
haber imaginado el Creador. Antes de las infografías estaban las maquetas,
mucho más laboriosas; pero ahora, con la facilidad que supone el impulso de la inteligencia
artificial, la producción se ha multiplicado hasta alcanzar límites sorprendentes.
El
otro día tuve ocasión de ver en una imprenta varios pósteres gigantes de
propaganda en los que una famosa agencia de viajes ofrecía paraísos naturales que
fusionaban mar, montaña, cielo y horizonte en perspectivas de imposible belleza.
Todo verde y azul. Todo paz. Todo naturaleza y vida. ¿Cómo no pensar en unas
vacaciones relajadas en tales edenes? ¿Cómo
no caer con facilidad en tan idílica como engañosa tentación?
Aunque,
siendo sincero, lo de engañosa solo lo discernimos de antemano quienes sabemos escudriñar
en el papel los píxeles de la mentira. Son errores muy comunes en las empresas
del «todo vale», que han aprovechado las puertas abiertas para prescindir de
los diseñadores capacitados y desarrollar sus propias chapuzas hasta dimensiones
imposibles. Otros, en cambio, topan con la realidad cuando llegan al lugar y
comprueban que cualquier similitud con lo prometido era pura coincidencia.
Guardaré
en la carpeta el antiguo simulacro de una piscina de 50 metros, la cubrición
traslúcida de la Plaza Porticada, la integración ferroviaria, el aparcamiento
del Sardinero, el Parque de Innovación de Sanidad, la piscina de Olucas… y tantas
promesas en tres dimensiones que, a un primer vistazo, proponen certezas sin incertidumbres,
proyectos deslumbrantes.
Las
infografías son promesas de futuro dirigidas a mentes ingenuas que aplauden con
esperanza lo que posiblemente no verán realizado nunca. Al fin y al cabo, son
una forma de creencia diseñada.
Y creer
no es más que asumir un supuesto sin cuestionarlo.

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