El Diario Montañés, 21 de octubre de 2026
Con
la edad, la somnolencia posprandial se apodera de nosotros en las tardes
beatíficas de sofá. Una digestión apacible y la certeza de tener la conciencia
tranquila, sin penas ni cavilaciones que pesen en el alma, sirven para recargar
energías en la placidez del ‘dolce far niente’. Para quien ya está jubilado y
goza de buena salud, la tranquilidad de una vida encauzada, el techo propio y
la seguridad mensual de la pensión son lo más parecido a un paraíso en el ocaso
de los años. Sin embargo, a veces irrumpen amenazas imprevistas desde el
exterior que lo ponen todo patas arriba.
Pongamos
un ejemplo cercano: vives en las afueras de la ciudad, en un barrio que
formaste con el sudor de tu frente y donde echaste raíces junto a tus vecinos. Pero
hete aquí que sobreviene un macroproyecto privado, además apoyado institucionalmente,
para ejecutar una ampliación urbanística. Los promotores apuntan hacia ese lado
y no les tiembla el pulso cuando proyectan el desalojo y la demolición de
hogares consolidados para –maldito eufemismo bucólico– plantar sus «Bosques de
Santander».
Aunque
prometan realojos, la espada de Damocles de un derribo disipa al instante
cualquier atisbo de paz. Hay que vivirlo para comprender el desasosiego que provoca
ver tambalearse el patrimonio de toda una vida.
Por
si fuera poco, para que nadie se duerma en los laureles, el debate político
añade leña al fuego con la retahíla de que el sistema de pensiones «va a petar».
Así, entre la presión urbanística y la incertidumbre económica sobre el futuro
de las prestaciones, la tan merecida calma de la vejez puede convertirse en angustia.
Nos
prometieron un retiro en paz, pero la realidad se encarga de recordarnos que nadie
está a salvo de las dentelladas inmisericordes del sistema.
De
ahí tanto insomnio. Tantos ansiolíticos.

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