El Diario Montañés, 4 de noviembre de 2026
Quizá
no cerremos nunca las heridas si no llegamos a pensar, como mantenía el gran
escritor José Antonio Abella, que en nuestra guerra incivil «todos los muertos
inocentes ocupan el mismo lugar en la balanza del horror». Y quiero recalcar muy
bien lo de «muertos inocentes», que en ambos bandos los hubo. Pero, siendo así,
debemos un desagravio a quienes continúan siendo muertos invisibles, cuyos huesos
siguen pudriéndose en el olvido de las fosas comunes o en imprecisas cunetas, mientras
que otros recibieron honras desde el final de la contienda y sus nombres
figuran todavía en libros de martirologio o grabados en los pórticos de las
iglesias. Héroes, los unos; villanos, los otros.
Ahora
algunos se sobresaltan, no porque se excaven fosas –¡hasta ahí podíamos llegar!–
sino por la reciente declaración de Lugar de Memoria de las Caballerizas de La
Magdalena, antiguo campo de concentración franquista. La noticia ha venido a
perturbar la placidez de una ciudad demasiado acostumbrada a convivir con sus
silencios. Y no han faltado los exabruptos, algunos de los cuales pueden leerse
en los comentarios anónimos de la edición digital de este periódico. Entre
ellos reaparece el recurso a los arrojados por los farallones del faro que, aunque
inventado, se ha convertido en parte del imaginario colectivo y se utiliza
ahora para establecer una comparación de agravios.
No
sé qué daño pudo hacer en su día la placa que se colocó en la Biblioteca
Central de Santander como «Sitio de Memoria Histórica». Tampoco alcanzo a saber
qué daño puede hacer ahora la de La Magdalena. Una placa no expulsa a nadie ni
impide que paseen por allí personas de cualquier ideología.
Solo
pretende recordar que también ese lugar forma parte de nuestra historia, que no
es menos cierta por el hecho de que algunos prefieran ignorarla.

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