martes, 15 de diciembre de 2015

TIEMPO DE CALENTAMIENTO (16 de diciembre de 2015)


El Diario Montañés, 16 de diciembre de 2015

Anda la naturaleza confundida con esta primavera que nos está dejando el otoño. En Cantabria hay prados con margaritas en flor y árboles que muestran brotes extemporáneos. Todo parece estar cambiando. Los osos hibernan más tarde, y en Cabárceno permanecen a la vista de los visitantes prácticamente todo el año. Por eso en París se acaba de firmar un acuerdo histórico que intenta conseguir que la temperatura media del planeta se quede al final del siglo «muy por debajo de los dos grados» de incremento, aunque hay lugares donde en el mes de noviembre ya ha subido un grado y medio en los últimos quince años. De ahí la confusión que tienen las plantas y los animales.
No menos desorientados están los políticos, los sociólogos y los economistas. Esta crisis interminable está rompiendo la frontera económica de las clases sociales. Con la nueva reforma fiscal, todos aquellos que ganan más de 46.000 euros al año han pasado a ser considerados en nuestra región como clases altas, no tanto por la cifra en sí, cuanto porque las clases medias se desmoronan –en un corrimiento paulatino hacia abajo– y dejan un hueco que hay que cubrir de alguna manera. Conviene tener presente que en Cantabria la población ocupada ha descendido en trece mil trescientas personas durante los cuatro años de gobierno del PP, el doble, en porcentaje, que el que se ha perdido en España. Y eso, por fuerza, se tiene que notar.
Tampoco muchos ciudadanos tienen decidido su voto a pocos días del 
20-D. Quizá desconcertados porque no saben a qué clase social pertenecen, o acaso embaucados por quienes les dicen que ya no hay clases, meditan su decisión en silencio y traen a mal traer a las empresas de opinión. Lo peor de todo es que la fecha que eligió Rajoy, guiado no sé sabe bien por qué intereses, puede quebrar más de una sobremesa familiar navideña si, como se prevé, después de las elecciones hay que acudir a los pactos. Terminado el tiempo de silencio, tras haber hablado en las urnas, las discusiones navideñas pueden elevar mucho la temperatura y desembocar en tiempo de destrucción familiar.
Yo, por si las moscas, en esas fechas tan entrañables de amor fraterno voy a aplicar en mi casa los acuerdos de París contra el calentamiento y prohibiré hablar de política.

martes, 8 de diciembre de 2015

DERRIBO POLÍTICO (9 de diciembre de 2015)




El Diario Montañés, 9 de diciembre de 2015

Mi difunto vecino José era uno de aquellos jubilados que disfrutaron los viajes del Imserso en la temporada de su puesta en marcha, allá por 1985. Las personas modestas como él, que no habían salido prácticamente nunca del terruño, tuvieron una experiencia maravillosa. Moverse por Benidorm o por la Comunidad Valenciana aumentó su perspectiva geográfica y los enfrentó a otras realidades humanas, aunque luego no siempre asimilaron bien lo que habían visto.
Decía Cervantes que «las luengas peregrinaciones hacen a los hombres discretos», pero en el caso de José no fue así, quizá porque sus peregrinaciones tampoco fueron tan luengas. Él regresaba de cada viaje entusiasmado, pero muy gruñón por lo retrasados que estábamos –decía– en Cantabria. Sentados en el salón de mi casa, frente a la vista inigualable de la sierra de Villacimera –la cadena montañosa con vegetación mediterránea por donde el Parque de la Naturaleza de Cabárceno se asoma al mar desde el mirador de Rubí–, hablaba y no paraba de las urbanizaciones que había conocido por allá abajo, «subidas por los montes, que da gusto verlas», y proclamaba que toda la montaña que teníamos ante los ojos debía ser también edificada. Yo, joven e impetuoso, sentía enflaquecer mi razón ante tanta sinrazón, y me subía por las paredes. Él entonces elevaba más el tono de voz: «En Benidorm da gusto, porque sólo con salir del hotel ya estás en la playa, sin cruzar la carretera. Eso es lo cómodo, eso atrae al turismo». Era imposible encontrar un punto de acuerdo.
José sería hoy un decidido defensor de las aberraciones constructivas que se han llevado a cabo por montes y costas de Cantabria (Argoños, Escalante, Miengo o Piélagos, por citar las más relevantes), y que han colocado a nuestra región en el segundo lugar, sólo por detrás de la Comunidad Valenciana, de las zonas con más construcciones artificiales en los primeros cien metros de costa. Seguro que también habría defendido los ardides legales que urdió la administración regional para evitar los derribos y que ahora ha anulado el Tribunal Constitucional. Cabe decir en su descargo que no tenía gran preparación, ni había intereses económicos particulares detrás de sus ideas. En el caso de los desaprensivos que trasladaron a nuestra tierra aquel modelo desarrollista y pernicioso, no estoy tan seguro. Lo único que sé con certeza es que tarde o temprano tendremos que pagar entre todos el engaño que le hicieron a unos cuantos para beneficio de unos pocos. Por eso considero que, a la vez que los edificios, habría que derribarlos también a ellos.
Políticamente hablando, claro.

martes, 1 de diciembre de 2015

MENOS PICANTE (2 de diciembre de 2015)


El Diario Montañés, 2 de diciembre de 2015


Este fin de semana he vuelto a Castro Urdiales, la ciudad donde tanto he vivido. La celebración de San Andrés es una de las excusas anuales que un grupo de cinco parejas, con más de veinte años de amistad, tenemos para reencontrarnos. La cena –en torno a caracoles aliñados con salsa picante– es el preámbulo ideal para luego, en la tertulia, «arreglar el país». La mayoría enfilamos la última curva de la cincuentena, pero tenemos un espíritu crítico intacto porque no vemos por ningún lado los valores sociales que defendimos en su día. Por eso, la sensación de fracaso nos lleva a hablar del camino equivocado que ha tomado la sociedad. Y surge el debate, que esta vez se centra en la sinrazón de ciertos sueldos.
Mientras nuestros hijos –a los que queremos dar la mejor preparación para que se abran paso en la vida– estudian alzados sobre un vacío que los catapultará al paro, a una remuneración mísera o al extranjero, un grupo de jóvenes –generalmente con poca o ninguna preparación cultural, y sin mucho esfuerzo– actúan en el circo del fútbol con sueldos que, de puro exagerados, son inmorales. Y no sólo los de las grandes figuras. El BOE publicó en octubre de 2014 el salario mínimo que cobrarían por convenio los futbolistas de primera y segunda división: 129.000 y 64.500 euros, respectivamente. Además, preveía una revalorización para este año acorde con la subida del IPC.
Con tanto profesional mal retribuido, estas cifras resultan escandalosas (cualquier futbolista de segunda división tiene asegurados 5.375 euros mensuales, aunque no juegue nunca, más de siete veces el salario mínimo interprofesional de los españoles).
Cuando una sociedad adopta esta vara de medir, no tiene luego ningún derecho a criticar al presidente del país por asistir a un programa radiofónico de fútbol y no a un debate con sus adversarios políticos. Su departamento de imagen conoce tanto sus deficiencias dialécticas como los índices de audiencia –que marcan los intereses reales de la mayoría de los votantes–, y se inclina por que acuda al campo donde juega con mayor ventaja.
Sólo de pensarlo se me revolvió el estómago. O quizás fue por el picante de la salsa. Menuda noche.

martes, 24 de noviembre de 2015

EL TAMAÑO NO IMPORTA (25 de noviembre de 2015)


El Diario Montañés, 25 de noviembre de 2015

Andrés Iniesta, el sábado, en el clásico, con su metro setenta de estatura, dio una lección de técnica, fuerza y dominio. Se hizo dueño del centro del campo y dirigió a su equipo con pie maestro hacia la victoria, aunque a su alrededor todos parecían más altos. Él es uno de los componentes de aquel grupo de locos bajitos que elevaron al cielo el fútbol nacional y lograron consecutivamente un Mundial y dos Eurocopas, demostrando que en ciertos órdenes de la vida, y también en el deporte de élite, vale tanto la maña como el tamaño.
Sin necesidad de recurrir a ejemplo tan palmario, un aspirante cántabro a policía local está reivindicando el derecho a opositar en su tierra aunque mida dos centímetros menos de los que se exigen en nuestra región para entrar en el cuerpo. Aquí rige el tope mínimo del metro setenta para poder formar parte del grupo de chicarrones del norte que dan seguridad y protección a los ciudadanos, frontera que en la policía nacional y en la guardia civil se fijó hace tiempo en cinco centímetros menos. Por eso alega «desigualdad normativa» y defiende que, como dicta el sentido común, ser un buen policía no sólo depende de la estatura, aunque a priori pueda parecer que son los altos quienes imponen más respeto.
Precisamente dos personajes más bien bajitos nos acaban de dar un buen ejemplo de talla política. Desoyendo ese refrán que dice que «quien tiene vecino, tiene enemigo», Revilla y Urkullu han dado un paso de colaboración del que seguro obtendremos más fuerza en las reivindicaciones comunes, que pasan por reforzar las comunicaciones por carretera y por tren, y por aumentar nuestra relación en materia sanitaria. Un nuevo acercamiento que se suma al que iniciaron hace tiempo los alcaldes de Santander y Bilbao en materia cultural.
Lo que desconozco, y quisiera conocer, es si en el nuevo modelo de incapacidad laboral, cuya duración se va a guiar por la estadística, la estatura está también contemplada en el baremo. Por simple prevención, no sea que por tratarse de bajas y altas el tamaño sí importe.

martes, 17 de noviembre de 2015

TODOS LOS MUERTOS (18 de noviembre de 2015)


El Diario Montañés, 18 de noviembre de 2015

Vidas segadas de cuajo en París. El asunto catalán ha desaparecido de la primera plana porque se juega una partida mucho más importante en el ajedrez global. Desde la noche de los tiempos, en el damasquinado campo de batalla se odian dos colores. Negros caballos con turbante y balas han respondido sin piedad a la limpia muerte de alfiles-drones y blancos aviones. Y en uno y otro lado del tablero caen las piezas más débiles para mayor gloria de la mano anónima que rige el lance. Siempre ha sido así.
Horas antes de la masacre, Enrique Álvarez –en mis antípodas ideológicas y sin embargo buen amigo– escribía en este periódico un artículo en el que expresaba su conocido pensamiento de que el terrorismo islámico ha surgido con fuerza frente a la preponderancia del capitalismo liberal, que se sentía sin enemigos tras la caída del muro comunista, y también por cierta lasitud religiosa de Occidente. Enrique –como Borges cuando poetizaba el juego del ajedrez– mantiene que en «el Oriente se ha encendido una guerra cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra», aunque a nosotros sólo nos importe puntualmente la que se disputa en el lado de acá del tablero.
Ante el horror de París, los medios de comunicación han doblado su actividad. Y en un afán desmedido por ponerle nombre a todos los muertos de esta parte, han incluido en la lista a algunos ciudadanos españoles que, por suerte, estaban vivos. Su sorpresa fue grande cuando se vieron en la relación de fallecidos. Pero, superado el susto, son conscientes de que han tenido el raro privilegio de conocer en vida las alabanzas que se han hecho en las redes sociales de sus andanzas y aventuras casi heroicas –redes que se tiñeron con rapidez, por un manejado impulso mimético, con los colores de la bandera francesa–. Uno de los falsos muertos, ante tantos halagos, ha dicho que si siguen escribiendo cosas tan bonitas sobre él tal vez tenga que morirse de verdad. Para reírse, si no fuera un asunto tan serio que está dejando en el otro lado del tablero cientos de muertos anónimos, sin nombre ni apellidos, y, por descontado, sin rostro.
Muertos invisibles que apenas se sufren. O que se sufren menos.

martes, 10 de noviembre de 2015

OTOÑO CALIENTE (11 de noviembre de 2015)


El Diario Montañés, 11 de noviembre de 2015

En estos días de buen tiempo y de playa, las calles se llenan de vida. El veranillo de San Martín ha venido con vocación de quedarse más de lo que suele ser habitual –dice el refrán que «El veranillo de San Martín, tres días y fin»–, acaso por eso del cambio climático, tan cuestionado por Rajoy porque su primo no tenía apenas certezas meteorológicas. Y los ciudadanos hemos salido a pasear para aprovechar al máximo esta prórroga veraniega, ya en la mitad del otoño.
Las mañanas son propicias para degustar rabas en las terrazas, y de olor a rabas se han impregnado las esquinas de Santander. Por las tardes el olor cambia al de las castañas asadas, aunque los paseantes, animados por la buena temperatura, siguen optando por los helados. Tiempo vendrá para las castañas. De sobra sabemos que al invierno –es otro refrán– no se lo come el lobo.
Y todas las conversaciones giran, como no podía ser de otra manera, alrededor de este buen tiempo, con una ingenuidad que nos lleva a asombrarnos, siempre como si fuera la primera vez, de lo bueno que hace, de que hemos alcanzado la máxima temperatura de España, de lo a gusto que se está en la calle, de lo que ahorramos en calefacción...
También hablamos de motociclismo y de fútbol, ya se sabe. Es el pan nuestro de cada día, el que nos ayuda a sobrellevar la pesada carga de la realidad, porque nos evadimos de ella poniendo nuestras ilusiones en las victorias de los demás. Y casi sin pretenderlo, resulta inevitable que nos acordemos de estos políticos que nos ha tocado sufrir, bien ajenos a los intereses de la ciudadanía. Incapaces de dialogar, que ésa es la esencia de su trabajo, se acaban de despachar con una declaración secesionista que nos está abocando a discusiones muy alejadas de nuestros verdaderos problemas. Parecen especialistas en distraernos con lo accesorio y en desviarnos de lo fundamental. Se han propuesto, a su manera, ellos también, darnos un otoño caliente.

martes, 3 de noviembre de 2015

LA FOTO DE LA ESCALERA (4 de noviembre de 2015)


El Diario Montañés, 4 de noviembre de 2015


En este puente no hemos ganado para sustos. Al terremoto de Villacarriedo, que de tan suave sólo quebró una botella de Martini, le sucedieron otras noticias que han hecho tambalearse los cimientos de nuestra paciencia.
Nos desayunábamos recientemente con la información de que el Archivo Lafuente y el Reina Sofía están planificados en el aire, porque el Estado no ha autorizado la utilización del edificio del Banco de España como sede de ambos proyectos (susto mayúsculo para nuestra milla turística-cultural, y alivio para quienes pensamos que en ese edificio debe tener su espacio definitivo el Museo de Prehistoria y Arqueología). Luego, sin un respiro, conocíamos que nuestra región ha perdido desde 2008 más de quince mil empleos industriales, el 30% de los que había antes de comenzar la crisis, y que nuestros ganaderos no pueden sobrevivir con lo que reciben por la leche (estado de suma gravedad para la industria y la ganadería regionales). El lunes, el Alvia, ese tren de tal virulencia que se planta en cuatro horas y media de Santander a Madrid, volvió a sufrir una avería en la catenaria y llegó en un tiempo cercano a las ocho horas (nuevo resquebrajamiento de las comunicaciones). Entre medias, se va a revisar al milímetro las obras de Valdecilla –el hospital que sigue cerrado tras haber sido inaugurado en diferido hace siete meses– porque según dicen se han hecho sin ningún control (enésimo retraso sanitario).
Para exigir la solución de alguno de estos temas crónicos, Revilla se ha entrevistado con Rajoy en La Moncloa el Día de los Difuntos. Antes, le ha entregado las consabidas anchoas y han posado en la escalera para la prensa gráfica. Desconocemos si Mariano seguirá siendo su interlocutor en el futuro, porque las próximas elecciones pueden convertirle en un difunto político. De ser así, Revilla tendría que volver a empezar. Tampoco sabemos cómo habrá preparado el encuentro, pero sí que la cita tuvo un preámbulo significativo: el domingo, en la feria de Arredondo, también se retrató en una escalera. Entonces lo hizo junto a un rebaño de cabras, cabritos y cabrones.