El Diario Montañés, 23 de septiembre de 2026
Esta
madrugada comenzó el otoño astronómico. Me pregunto si lograremos enfriar los
precios ahora que el turismo no intervendrá tanto en ellos, aunque mucho me temo
que los que hemos alcanzado hayan venido para quedarse. Ya asumimos con
naturalidad que un café roce en Santander, como norma, los dos euros, precio equiparable
al de las más grandes capitales europeas. Al tiempo, nos enteramos de que algunos
trabajadores de la hostelería no pueden pagar el alquiler de sus viviendas porque
muchas tienen rentas inasumibles al haber sido engullidas por la ocupación
turística. Se nos explica que es la ley de la oferta y la demanda, pero la
demanda viene de fuera con una solvencia económica muy superior a la de los bolsillos
locales.
«Ave
de paso, cañonazo», decían en Laredo cuando el turismo francés empujaba hacia
un desarrollismo desmedido que terminó plagando de garrapatas de hormigón las
alas vírgenes del Puntal. Pero, como las aves eran de paso, cuando emprendieron
vuelo al llegar el frío, fueron los de casa quienes soportaron los proyectiles.
Ahora
la historia se repite. El modelo vacacional está devorando el parque
inmobiliario, gentrificando los barrios clásicos y convirtiendo la vida
cotidiana en un hábitat inaccesible para quien pretende vivir todo el año en él.
Nos hablan de las grandes cifras de visitantes y de que somos un referente en
el turismo, pero esos récords llenan los bolsillos de unos pocos, no los de la
mayoría.
A
partir de hoy los árboles teñirán la estación de marrón y amarillo, anticipo de
un invierno que puede resultar oscuro: Cantabria ha liderado por segundo mes consecutivo
la subida nacional de precios de consumo, y además tiene uno de los salarios
medios más bajos del país.
Somos
los reyes turísticos del Norte. Pero la corona nos está apretando de lo lindo.



















