El Diario Montañés, 7 de enero de 2026
Puede
parecer ingenuo comenzar el año escribiendo una lista de deseos, porque poco
podemos hacer si, como sentencia el proverbio, «el hombre propone y Dios
dispone». Y menos aun cuando algunos políticos se creen dioses y, dispuestos a repartirse
el mundo, nos consideran al resto criaturas desechables, meros peones en el
tablero de una vida que no controlamos. Lástima que todavía no dominen la
tecnología para castigarnos con otro diluvio.
En
estos días de incertidumbre he tenido sentimientos bien distintos. Por un lado,
he comprobado con satisfacción que en Francia todos los partidos han sido
unánimes en la condena a la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela
(incluso Marine Le Pen, tan crítica con el gobierno venezolano, ha levantado la
voz para advertir que renunciar hoy a la soberanía de los Estados «equivaldría
a aceptar nuestra propia servidumbre mañana»). Por otro, me ha entristecido
constatar que nuestras derechas –la ultra y la que presume de no serlo– han aprovechado
para moldear la opinión pública a su conveniencia, hasta el absurdo de convertir
un conflicto internacional, que puede traer consecuencias muy graves para
Europa, en munición para sus batallas internas de andar por casa; han llegado a
decir que «la caída de Maduro es un golpe para la mafia sanchista, más grande
que la detención de Ábalos y Cerdán».
Por
eso comenzaré 2026 pidiendo un deseo, uno solo: que el nuevo año no permita que
nos aferremos a la indiferencia. Tal actitud allana el camino a nuestros
manipuladores y, al mismo tiempo, envilece el nuestro. Si aún nos queda una pizca
de dignidad crítica, no deberíamos renunciar a la libertad de pensamiento,
porque, aunque no podamos enderezar los grandes rumbos del mundo, sí podremos
ajustar los nuestros. Y esos, al final, son los únicos sobre los que tenemos total
soberanía.
